
Gustavo Adolfo Bécquer
1836–1870 · España · Nació en Sevilla, España · Murió en Madrid, España · Poeta, Periodista, Dibujante, Censor de novelas
Semblanza
Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla en 1836, quedó huérfano de padre a los cinco años y de madre a los once, y a los dieciocho se fue solo a Madrid a vivir de escribir. No lo consiguió nunca del todo: pasó quince años haciendo periodismo, arreglando zarzuelas con seudónimo y aceptando un empleo de censor de novelas que perdía y recuperaba según cambiaba el gobierno. En vida se le conoció más por sus «Leyendas», unos relatos de aparecidos que publicaba en los periódicos, que por sus versos.
Los versos casi se pierden. Tenía un manuscrito listo y desapareció en 1868, cuando saquearon la casa del ministro que lo tenía guardado, y Bécquer tuvo que rehacerlos de memoria en un cuaderno. Murió a los treinta y cuatro años, en diciembre de 1870, y sus amigos publicaron el libro al año siguiente: ellos les pusieron el orden y los números romanos con que hoy se leen. Desde entonces no ha habido en español un poeta de amor más imitado.
Vida
Nació el 17 de febrero de 1836 en Sevilla y lo bautizaron Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida. «Bécquer» era un apellido de antepasados flamencos que la familia había dejado de usar y que su padre, el pintor José Domínguez Bécquer, recuperó para firmar sus cuadros. Gustavo Adolfo lo tomó de ahí: el nombre con el que se le conoce es una firma de pintor heredada.
Su padre murió en 1841, cuando él tenía cinco años, y su madre, Joaquina Bastida, en 1847, cuando tenía once. Quedó a cargo de su madrina, Manuela Monnehay, que tenía una biblioteca en casa, y pasó por el Colegio de San Telmo de Sevilla, una escuela para huérfanos destinada a formar marinos, hasta que la cerraron. Su primera vocación fue la de su padre y su hermano Valeriano: quiso ser pintor, y dibujó bien toda su vida.
En 1854, a los dieciocho años, se fue a Madrid con muy poco dinero y con la idea de vivir de la literatura. Le tomó quince años y no acabó de lograrlo. Tuvo un empleo en la Dirección de Bienes Nacionales y lo perdió porque lo sorprendieron dibujando en horas de oficina. De ahí en adelante vivió de escribir en periódicos —sobre todo en «El Contemporáneo»— y de adaptar zarzuelas y comedias que firmaba con nombre falso, porque ese trabajo se consideraba menor.
Entre 1864 y 1868 tuvo el mejor sueldo de su vida: censor de novelas, un puesto del gobierno que consistía en revisar lo que se iba a publicar. Se lo dio Luis González Bravo, ministro de Isabel II. El empleo se cayó con el gobierno, en la revolución de 1868, y con el empleo se cayó lo demás.
Se casó el 19 de mayo de 1861 con Casta Esteban Navarro, hija de un médico, y tuvieron tres hijos. El matrimonio salió mal y terminaron separados. La crítica lleva más de un siglo buscándole a las «Rimas» una mujer concreta: se ha propuesto a Julia Espín, hija de un director de orquesta, a la que trató entre 1858 y 1860, y durante décadas se habló de una «Elisa Guillén», **que hoy se considera un personaje inventado por sus primeros biógrafos**. No hay una destinataria establecida.
Lo que le dio nombre en vida fue la prosa. Sus «Leyendas» —«El monte de las ánimas», «Los ojos verdes», «Maese Pérez el organista»— se publicaron sueltas en la prensa y se leyeron mucho: son relatos de aparecidos, de mujeres que no son mujeres y de castigos sobrenaturales, casi siempre situados en un lugar y una fecha concretos para que parezcan ciertos.
Los poemas siguieron otro camino. Bécquer había reunido un manuscrito y se lo dio a González Bravo, que quería escribirle un prólogo. En septiembre de 1868 estalló la revolución, el ministro huyó y su casa fue saqueada; el manuscrito desapareció y no se ha recuperado nunca. Bécquer se sentó a rehacer los poemas de memoria en un cuaderno que tituló «Libro de los gorriones». Ese cuaderno es la fuente de todo lo que leemos.
Su hermano Valeriano, con el que vivía y trabajaba, murió en septiembre de 1870. Gustavo Adolfo murió tres meses después, el 22 de diciembre de 1870, a los treinta y cuatro años; llevaba años enfermo y **la causa exacta se sigue discutiendo**. Sus amigos reunieron sus escritos y los publicaron en 1871. Fue Ramón Rodríguez Correa quien ordenó los poemas y les puso los números romanos, agrupándolos por asunto para que contaran una historia de amor de principio a fin. Ese orden no es de Bécquer, pero es el único que existe desde entonces.
Su tiempo
Nació en la Sevilla de 1836, en plena primera guerra carlista y en pleno proceso de desamortización, cuando el Estado estaba vendiendo las propiedades de la Iglesia. La ciudad conservaba conventos vacíos, iglesias cerradas y edificios medievales en ruina, y esos escenarios están en casi todas sus «Leyendas»: el decorado no lo inventó, lo tenía enfrente.
El Madrid al que llegó en 1854 estaba viviendo una expansión de la prensa: aparecían diarios y revistas ilustradas continuamente, y por primera vez un hombre sin renta ni título podía intentar vivir de escribir. También podía morirse de hambre haciéndolo, que es lo que casi le pasa. La bohemia madrileña de esos años —cuartos alquilados, cafés, trabajos a destajo sin firma— es su medio y no una pose literaria.
La revolución de septiembre de 1868, que en España se llama «la Gloriosa», destronó a Isabel II y mandó al exilio a su gobierno. Para casi todo el país fue el comienzo de seis años de política revuelta; para Bécquer fue perder el sueldo y el libro en la misma semana, porque el ministro que lo empleaba y que guardaba su manuscrito fue justamente uno de los que huyeron.
En literatura le tocó llegar tarde y escribir distinto. El romanticismo español de Espronceda y Zorrilla —altisonante, de piratas y verdugos— ya había pasado de moda cuando él empezó. Lo que estaba llegando eran las traducciones del alemán Heinrich Heine, con poemas breves, de asunto mínimo y tono conversado. Bécquer escribió en esa dirección, en voz baja, cuando el público todavía esperaba lo contrario, y por eso en vida se le leyó poco como poeta.
Logros
Las «Rimas», publicadas en 1871 en la edición póstuma que armaron sus amigos: setenta y seis poemas breves que cambiaron lo que en español se podía hacer con un poema de amor
El «Libro de los gorriones» (1868), el cuaderno donde reconstruyó de memoria los poemas perdidos y que es hoy la fuente de todo el corpus
Las «Leyendas», que fijaron el relato fantástico en español y le dieron en vida el poco reconocimiento que tuvo
Las «Cartas literarias a una mujer» (1860-1861), donde expuso su idea de la poesía en prosa y para un lector no especialista
Haber traído al castellano el poema breve y hablado de la lírica alemana, contra el romanticismo declamatorio que dominaba en España
Su influencia directa sobre el modernismo y sobre Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda y Rafael Alberti, que lo leyeron como el punto de partida de la poesía moderna en español
Sus poemas
- Rima IYo sé un himno gigante y extraño
- Rima IISaeta que voladora
- Rima IIISacudimiento extraño
- Rima IVNo digais que agotado su tesoro,
- Rima IXBesa el aura que gime blandamente
- Rima LLo que el salvaje que con torpe mano
- Rima LIDe lo poco de vida que me resta
- Rima LIIOlas gigantes que os rompéis bramando
- Rima LIIIVolverán las oscuras golondrinas
- Rima LIVCuando volvemos las fugaces horas
- Rima LIXYo sé cual el objeto
- Rima XIIITu pupila es azul, y cuando ríes,
- Rima XVIIHoy la tierra y los cielos me sonríen,
- Rima XVIIIFatigada del baile,
- Rima XXSabe, si alguna vez tus labios rojos
- Rima XXI¿Qué es poesía? dices mientras clavas
- Rima XXIIIPor una mirada, un mundo;
- Rima XXIVDos rojas lenguas de fuego
- Rima XXIXSobre la falda tenía
- Rima XXVCuando en la noche te envuelven
- Rima XXVIIDespierta, tiemblo al mirarte;