Rima XXIV
Dos rojas lenguas de fuego
Que, á un mismo tronco enlazadas,
Se aproximan, y al besarse
Forman una sola llama;
Dos notas que del laud
A un tiempo la mano arranca,
Y en el espacio se encuentran
Y armoniosas se abrazan;
Dos olas que vienen juntas
A morir sobre una playa,
Y que al romper se coronan
Con un penacho de plata;
Dos jirones de vapor
Que del lago se levantan,
Y al juntarse allí en el cielo
Forman una nube blanca;
Dos ideas que al par brotan,
Dos besos que á un tiempo estallan,
Dos ecos que se confunden...
Eso son nuestras dos almas.
Más sobre el poema
El poema describe cinco veces lo mismo con materiales distintos: dos llamas de un mismo tronco que se acercan y forman una sola; dos notas del laúd que se encuentran en el aire y se abrazan; dos olas que llegan juntas a la playa; dos vapores que suben del lago y hacen una nube; dos ideas, dos besos y dos ecos que brotan al mismo tiempo. Solo en el último verso dice de qué venía hablando: «Eso son nuestras dos almas».
Ahí está la única dificultad, y es de arquitectura. Diecinueve versos son una lista sin sujeto: el lector va acumulando imágenes sin saber para qué, porque el poema le esconde a propósito el término de la comparación hasta el final. Si se lee sabiendo el último verso desde el principio, el poema pierde exactamente lo que lo hace funcionar.
La lista no está en cualquier orden. Va de lo más material a lo menos: primero fuego, después sonido, después agua, después vapor y al final pensamiento. Cada pareja es menos tangible que la anterior, de modo que cuando llega la palabra «almas» ya se ha ido preparando el terreno sin nombrarla.
Dos palabras: el «laúd» es un instrumento de cuerda antiguo, de caja redonda, que se tocaba pulsando; y «jirones de vapor» son tiras o pedazos deshilachados de niebla.
Es el más recíproco de los poemas de Bécquer y por eso vale la pena señalarlo: en casi todas sus rimas hay uno que mira y otra que es mirada. Aquí no. Todas las parejas del poema son de iguales —dos llamas, dos notas, dos olas—, ninguna de las dos hace algo que la otra no haga, y el verso final dice «nuestras», no «tu» ni «mi». Es la única vez en que el sujeto del poema son los dos.
El mecanismo se oye: casi todos los versos empiezan con «Dos», y esa repetición machaca la idea de pareja antes de que el poema la enuncie. Son versos cortos, de ocho sílabas, el metro de las canciones populares españolas, que hace que un poema con este asunto no suene solemne.