Rima II
Saeta que voladora
Cruza, arrojada al azar,
Sin adivinarse dónde
Temblando se clavará;
Hoja que del árbol seca
Arrebata el vendaval,
Sin que nadie acierte el surco
Donde á caer volverá;
Gigante ola que el viento
Riza y empuja en el mar,
Y rueda y pasa, y no sabe
Qué playa buscando va;
Luz que en cercos temblorosos
Brilla, próxima á espirar,
Ignorándose cuál de ellos
El último brillará;
Eso soy yo, que al acaso
Cruzo el mundo, sin pensar
De dónde vengo, ni adónde
Mis pasos me llevarán.
Más sobre el poema
El poema son cuatro comparaciones seguidas y una frase final que las cobra. Una flecha disparada al azar que no sabe dónde va a clavarse; una hoja seca que se lleva el viento sin que nadie sepa dónde caerá; una ola que rueda por el mar sin saber qué playa busca; una luz que tiembla a punto de apagarse sin saber cuál será su último destello. Y entonces: «Eso soy yo».
La dificultad está en la construcción, no en las imágenes. Los primeros dieciséis versos no forman oraciones completas: son cuatro sujetos colgando, uno detrás de otro, sin verbo que los cierre. La oración solo termina en el verso 16, cuando llega «Eso soy yo». Si se lee esperando que cada estrofa se resuelva sola, se lee mal; hay que llegar al final para que las cuatro se resuelvan a la vez.
«Saeta» es una flecha, en este contexto: una flecha arrojada al azar. Las cuatro figuras tienen en común eso mismo y no otra cosa —van a alguna parte y ninguna sabe adónde—, y ése es todo el argumento del poema.
Dos palabras se leen hoy al revés. «Espirar» es exhalar el último aliento; en este contexto se usa con el sentido de apagarse. Y «acaso», en «que al acaso cruzo el mundo», no significa quizá: significa por casualidad, sin plan.
No hay aquí ninguna mujer ni ninguna historia: es de las pocas «Rimas» donde el poeta habla solo de sí mismo y de su falta de rumbo. Se ha leído como una declaración de fatalismo romántico y también como un simple apunte de desorientación de un hombre de treinta años sin empleo fijo. El poema no lo aclara.
El paso corto y repetido viene de la forma: versos breves, todos del mismo largo, agrupados de cuatro en cuatro, y una sola rima de oído en los pares que se sostiene idéntica de principio a fin —azar, clavará, volverá, va, brillará, llevarán—. Esa terminación en «á» que vuelve cada cuatro versos es lo que hace que las cuatro comparaciones suenen a la misma cosa dicha cuatro veces.