Rima III
Sacudimiento extraño
Que agita las ideas,
Como huracán que empuja
Las olas en tropel;
Murmullo que en el alma
Se eleva y va creciendo,
Como volcán que sordo
Anuncia que va á arder;
Deformes siluetas
De seres imposibles,
Paisajes que aparecen
Como á través de un tul;
Colores que fundiéndose
Remedan en el aire
Los átomos del Iris,
Que nadan en la luz;
Ideas sin palabras,
Palabras sin sentido;
Cadencias que no tienen
Ni ritmo ni compás;
Memorias y deseos
De cosas que no existen;
Accesos de alegría,
Impulsos de llorar;
Actividad nerviosa
Que no halla en qué emplearse;
Sin riendas que le guie
Caballo volador;
Locura que el espíritu
Exalta y enardece;
Embriaguez divina
Del genio creador...
¡Tal es la inspiración!
Gigante voz que el caos
Ordena en el cerebro,
Y entre las sombras hace
La luz aparecer;
Brillante rienda de oro,
Que poderosa enfrena
De la exaltada mente
El volador corcel;
Hilo de luz que en haces
Los pensamientos ata;
Sol que las nubes rompe
Y toca en el zenit;
Inteligente mano,
Que en un collar de perlas
Consigue las indóciles
Palabras reunir;
Armonioso ritmo,
Que con cadencia y número
Las fugitivas notas
Encierra en el compás;
Cincel que el bloque muerde
La estatua modelando,
Y la belleza plástica
Añade á la ideal;
Atmósfera en que giran
Con orden las ideas,
Cual átomos que agrupan
Recóndita atracción;
Raudal en cuyas ondas
Su sed la fiebre apaga;
Oásis que al espíritu
Devuelve su vigor...
¡Tal es nuestra razón!
Con ambas siempre en lucha
Y de ambas vencedor,
Tan sólo el genio puede
A un yugo atar las dos.
Más sobre el poema
El poema está partido en dos mitades que se responden. La primera enumera lo que se siente cuando llega la inspiración —agitación, ruido interior, figuras deformes, ideas sin palabras, ganas de reír y de llorar a la vez— y se cierra en el verso 32: «¡Tal es la inspiración!». La segunda enumera lo contrario, todo lo que ordena y sujeta —una rienda, un hilo que ata, una mano que ensarta perlas, un cincel—, y se cierra igual: «¡Tal es nuestra razón!». Los últimos cuatro versos dicen que solo el genio consigue uncirlas juntas.
Lo que descoloca es que durante setenta versos no pasa nada y no hay nadie. No hay escena, no hay persona a quien se le hable y casi no hay verbos principales: son dos listas de sustantivos, una detrás de otra. Leerlo buscando una historia no lleva a ninguna parte; lo que hay que oír es cómo la primera lista se desordena a propósito y la segunda se ordena.
El «corcel volador» de la segunda mitad es el mismo «caballo sin riendas» de la primera, en los versos 26 y 27. No son dos imágenes distintas: es la misma, primero suelta y después enfrenada, y ahí se ve el mecanismo entero del poema.
Tres términos hoy despistan. «Genio», en el verso 68, no quiere decir persona brillante sino la capacidad de crear, la facultad misma. «Embriaguez divina» es exaltación, arrebato, no borrachera. Y «yugo» es la pieza de madera con que se atan dos bueyes para que tiren parejos: atar las dos a un yugo es hacerlas trabajar juntas, no someterlas.
Bécquer escribió sobre esto mismo en prosa, en sus «Cartas literarias a una mujer», donde defiende que el poema nace de un desorden que después hay que someter a forma. Este poema es esa idea puesta en verso, y por eso es el más largo y el menos leído del libro: no está hecho para conmover a nadie, está hecho para explicar de dónde salen los otros.
Suena a inventario porque lo es: versos cortos, todos parejos, agrupados de cuatro en cuatro, con rima de oído solo en los pares. Cada grupo empieza una figura nueva sin conectarla con la anterior, así que el poema avanza por acumulación y no por argumento, hasta que las dos exclamaciones sueltas —los versos 32 y 65— cortan la lista y la nombran.