Rima XXVII
Despierta, tiemblo al mirarte;
Dormida me atrevo á verte;
Por eso, alma de mi alma,
Yo velo mientras tú duermes.
Despierta, ríes; y al reir, tus labios
Inquietos me parecen
Relámpagos de grana que serpean
Sobre un cielo de nieve.
Despierta, los extremos de tu boca
Pliega sonrisa leve,
Suave como el rastro luminoso
Que deja un sol que muere...
—¡Duerme!
Despierta, miras, y al mirar, tus ojos
Húmedos resplandecen
Como la onda azul, en cuya cresta
Chispeando el sol hiere.
Al través de tus párpados, dormida,
Tranquilo fulgor viertes,
Cual derrama de luz templado rayo
Lámpara transparente...
—¡Duerme!
Despierta, hablas, y al hablar, vibrantes
Tus palabras parecen
Lluvia de perlas que en dorada copa
Se derrama á torrentes.
Dormida, en el murmullo de tu aliento
Acompasado y tenue,
Escucho yo un poema , que mi alma
Enamorada entiende...
—¡Duerme!
Sobre el corazón la mano
Me he puesto, porque no suene
Su latido, y de la noche
Turbe la calma solemne.
De tu balcón las persianas
Cerré ya, porque no entre
El resplandor enojoso
De la aurora, y te despierte...
—¡Duerme!
Más sobre el poema
Un hombre mira dormir a una mujer. El poema va comparando cómo es ella despierta y cómo dormida —cuando ríe, cuando entreabre la boca, cuando mira— y cada comparación termina con una sola palabra suelta: «¡Duerme!». Al final se pone la mano sobre el corazón para que no se oiga el latido y cierra las persianas del balcón para que la luz del amanecer no la despierte.
El arranque es lo que hay que entender porque suena al revés de lo esperado: «Despierta, tiemblo al mirarte; / dormida me atrevo a verte». Está diciendo que despierta le da miedo mirarla y solo cuando ella está dormida se atreve. Todo el poema depende de esa confesión: no es una escena de intimidad tranquila, es la de alguien que aprovecha que ella no puede devolverle la mirada.
Los «—¡Duerme!» sueltos parecen otra voz interrumpiendo y no lo son: es él, diciéndoselo a ella, o diciéndoselo a sí mismo para no despertarla. Aparecen tres veces y funcionan como el estribillo de una canción de cuna.
Una palabra que conviene aclarar: «grana» es un rojo intenso, el color de la cochinilla con que se teñía la tela; «relámpagos de grana que serpean / sobre un cielo de nieve» son los labios rojos de ella moviéndose sobre la piel blanca.
El final es el gesto que hace memorable el poema y es doméstico, no grandilocuente: aguantarse el propio latido y cerrar unas persianas. Después de treinta y tantos versos de comparaciones, lo que queda es un hombre haciendo dos cosas pequeñas y concretas para que ella no se despierte.
Es de las rimas largas y alterna versos de distinta medida sin un patrón fijo, que era una libertad poco común en su momento. La palabra suelta «¡Duerme!» va sola en su renglón, y ese hueco en la página es parte del efecto: obliga a hacer una pausa donde no hay nada escrito.