Poetario

Rima LIII

Gustavo Adolfo Bécquer

Volverán las oscuras golondrinas

En tu balcón sus nidos á colgar,

Y, otra vez, con el ala á sus cristales

Jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

Tu hermosura y mi dicha á contemplar,

Aquellas que aprendieron nuestros nombres...

Esas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas

De tu jardín las tapias á escalar,

Y otra vez á la tarde, aun más hermosas,

Sus flores se abrirán;

Pero aquéllas, cuajadas de rocío,

Cuyas gotas mirábamos temblar

Y caer, como lágrimas del día...

Esas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos

Las palabras ardientes á sonar;

Tu corazón de su profundo sueño

Tal vez despertará;

Pero mudo y absorto y de rodillas,

Como se adora á Dios ante su altar,

Como yo te he querido... desengáñate,

Así no te querrán!

Más sobre el poema

Este poema de Bécquer no es una simple queja sobre el paso del tiempo, sino una demostración de que las cosas vuelven, pero los momentos no. A través de la naturaleza, el poeta nos enseña que la vida sigue su curso de forma repetitiva: siempre habrá nuevas aves, flores y palabras de amor. Sin embargo, lo verdaderamente único —la mirada compartida, la gota de rocío exacta y, sobre todo, la intensidad de su entrega— es irrepetible. La belleza del mundo regresa cada año, pero la experiencia humana y el amor verdadero mueren para siempre cuando se terminan.

El poema está construido sobre una trampa que se cierra en el último verso. Las dos primeras estrofas hablan de pájaros y de flores, y suenan a melancolía general; la tercera cambia el sujeto a otros hombres y la frase final ya no dice «eso no volverá» sino «así no te querrán». Lo que empezaba como una queja del tiempo termina siendo una advertencia dirigida a ella.

El «desengáñate» del penúltimo verso es la palabra más dura del poema y la más fácil de pasar por alto en la recitación. No es un adorno: es una orden —deja de hacerte ilusiones— metida justo antes del remate, y es lo que convierte el poema en un ajuste de cuentas.

Tres palabras piden traducción. «Refrenaban el vuelo» es frenaban, detenían el vuelo. «Tapias» son los muros bajos que cierran un jardín. Y «cuajadas de rocío» quiere decir cubiertas, llenas hasta cargarse: las flores están tan mojadas que las gotas caen solas.

Es el poema más conocido de la lengua española después de unos pocos, y de los más citados y parodiados desde el siglo XIX. **Se le han buscado destinatarias —sobre todo Julia Espín y Casta Esteban, su mujer— y ninguna atribución está establecida.** El propio Bécquer no dejó dicho a quién le hablaba.

Son tres estrofas de ocho versos, todos largos y parejos menos el cuarto y el octavo, que son cortos y agudos y por eso caen en seco. La rima de oído está solo en esos versos pares y no cambia en todo el poema, en «á»: colgar, llamarán, contemplar, volverán, escalar, abrirán, temblar, volverán, sonar, despertará, altar, querrán. Esa misma nota repetida doce veces es lo que hace que el poema se recuerde entero después de oírlo una vez.

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