Rima XXV
Cuando en la noche te envuelven
Las alas de tul del sueño,
Y tus tendidas pestañas
Semejan arcos de ébano,
Por escuchar los latidos
De tu corazón inquieto,
Y reclinar tu dormida
Cabeza sobre mi pecho,
Diera, alma mía,
Cuanto poseo:
La luz, el aire
Y el pensamiento!
Cuando se clavan tus ojos
En un invisible objeto,
Y tus labios ilumina
De una sonrisa el reflejo;
Por leer sobre tu frente
El callado pensamiento
Que pasa como la nube
Del mar sobre el ancho espejo,
Diera, alma mía,
Cuanto deseo:
La fama, el oro,
La gloria, el genio!
Cuando enmudece tu lengua,
Y se apresura tu aliento,
Y tus mejillas se encienden,
Y entornas tus ojos negros;
Por ver entre sus pestañas
Brillar con húmedo fuego
La ardiente chispa que brota
Del volcán de los deseos,
Diera, alma mía,
Por cuanto espero,
La fe, el espíritu,
La tierra, el cielo!
Más sobre el poema
El poema tiene tres partes y las tres están hechas igual: primero describe a ella haciendo algo —dormida, con los ojos fijos en algo invisible, y por último callada y con las mejillas encendidas—, después dice qué querría hacer él, y termina con una declaración corta de lo que daría a cambio. Tres veces la misma estructura, con la apuesta subiendo cada vez.
Esa estructura es lo que hay que ver, porque las estrofas cortas parecen interrupciones y no lo son: son el remate de cada parte. Van así. Primero daría «cuanto poseo: la luz, el aire y el pensamiento», es decir, lo que tiene. Al final daría «por cuanto espero, la fe, el espíritu, la tierra, el cielo», es decir, lo que no tiene y lo que espera. De las cosas al alma, y de esta vida a la otra.
El tercer bloque cambia de temperatura. Los dos primeros son contemplativos —quiere oírle el corazón, quiere leerle el pensamiento—; el tercero describe a una mujer con la respiración agitada, las mejillas encendidas y los ojos entornados, y nombra «el volcán de los deseos». El poema pasa de mirarla dormir a mirarla deseando.
Dos palabras de vestuario y decorado: el «tul» es una tela muy fina y transparente, casi de red, y el «ébano» es una madera negra, que es a lo que compara las pestañas. «Arcos de ébano» son las pestañas curvas y oscuras de ella dormida.
Es una de las rimas largas y por eso se lee menos que las de cuatro versos, pero está armada con el mismo recurso: versos cortos y parejos para la descripción, y versos todavía más cortos para el remate. Ese cambio de largo es lo que separa una parte de otra sin necesidad de decir nada.