Rima IX
Besa el aura que gime blandamente
Las leves ondas que jugando riza;
El sol besa á la nube en Occidente
Y de púrpura y oro la matiza;
La llama en derredor del tronco ardiente
Por besar á otra llama se desliza,
Y hasta el sáuce, inclinándose á su peso,
Al río que le besa, vuelve un beso.
Más sobre el poema
Ocho versos y un solo verbo repetido: besar. La brisa besa las olas que va rizando; el sol besa la nube del atardecer y al besarla la tiñe de púrpura y oro; una llama se desliza alrededor del tronco para besar a otra llama; y el sauce, que se inclina de tanto peso, le devuelve el beso al río que lo está besando. No hay personas en el poema. No hace falta que las haya.
Lo que puede despistar es que no aparezca nadie. No hay un yo, no hay un tú, no hay una escena humana en ninguna parte, y sin embargo se lee como un poema de amor. Funciona por acumulación: cuatro besos entre cosas, en cuatro lugares distintos, y el lector es el que pone lo que falta.
El último beso es el único que se devuelve. Los tres primeros van en una sola dirección —el aura besa, el sol besa, la llama besa— y el cuarto es recíproco: el río besa al sauce y el sauce le vuelve un beso. Que el poema termine ahí y no antes es todo su argumento.
«Aura» no es un halo ni una atmósfera: en la poesía de la época es sencillamente la brisa suave. «Blandamente» es con suavidad, no con debilidad. «Matiza» es tiñe, da color. Y «en derredor» es alrededor.
Es de las rimas más breves y de las más citadas en antologías escolares, justamente porque no tiene ninguna historia detrás que haga falta explicar. No hay destinataria ni episodio biográfico asociado: es una demostración de que el asunto amoroso se puede sostener sin una sola persona en escena.
Los ocho versos son largos y todos del mismo tamaño, y riman de verdad —no de oído— alternándose: blandamente con Occidente y con ardiente; riza con matiza y con desliza. Los dos últimos riman entre sí, peso y beso, y ese cierre en pareja es lo que hace que el poema suene resuelto y no interrumpido.