Rima I
Yo sé un himno gigante y extraño
Que anuncia en la noche del alma una aurora,
Y estas páginas son de ese himno
Cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirle, del hombre
Domando el rebelde, mezquino idioma,
Con palabras que fuesen á un tiempo
Suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar; que no hay cifra
Capaz de encerrarlo, y apenas ¡oh hermosa!
Si, teniendo en mis manos las tuyas,
Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.
Más sobre el poema
Un poeta dice que lleva dentro un himno enorme que no consigue escribir. Lo intenta con el idioma que tiene a mano, no le alcanza, y acaba diciendo que la única manera de que ese himno saliera sería tener las manos de ella entre las suyas y cantárselo al oído, a solas. Eso es el poema completo.
El punto donde se pierde el lector es el final. Los primeros ocho versos hablan de un problema de oficio —las palabras no dan para lo que quiere decir— y de pronto, en el verso 9, aparece una mujer a la que nadie había presentado: «¡oh hermosa!». No es un cambio de tema, es la respuesta. Lo que no cabe en un poema sí cabría en una escena de dos personas solas, y por eso el poema se corta ahí en vez de seguir explicándose.
El «himno gigante y extraño» no es una canción ni un texto religioso: es el poema ideal, el que el poeta oye completo dentro de sí y no logra pasar al papel. Lo que estamos leyendo, dice el verso 2, no es ese himno sino sus ecos: las «cadencias» que quedan cuando el aire lo dispersa.
Tres palabras funcionan distinto de como suenan hoy. «Cifra» no es un número: es un signo que encierra algo, como una clave, y decir que no hay cifra capaz de encerrarlo es decir que no existe la escritura que lo contenga. «Mezquino», aplicado al idioma, quiere decir pobre y escaso, no tacaño. Y «dilata» es extiende, propaga: el aire no retrasa las cadencias, las esparce.
A quién le habla no está establecido. La crítica lleva más de un siglo buscándole destinataria a las «Rimas» y se han propuesto varios nombres; el poema no da ninguno y no hay una mujer identificada detrás de este «¡oh hermosa!». **Que las Rimas cuenten una historia de amor concreta y seguida es una lectura que puso la posteridad, no una que Bécquer dejara escrita.**
Suena a dos voces porque está escrito en versos que se turnan: uno más corto y uno más largo, uno tras otro, hasta el final. Solo riman los versos pares, y riman de oído —aurora, sombras, hermosa, solas—, no con la misma terminación exacta. Es el poema que abre el libro, y esa posición no la eligió él: el orden de las «Rimas» lo pusieron sus amigos en la edición de 1871, años después de que muriese.