Rima XXXVIII
Gustavo Adolfo Bécquer ›Los suspiros son aire, y van al aire.
Las lágrimas son agua, y van al mar.
Díme, mujer: cuando el amor se olvida,
¿Sabes tú adónde va?
Sobre el poema
A veces hacemos preguntas que no tienen respuesta. Bécquer hace una de esas. Mira el mundo y encuentra un orden que consuela: el suspiro es aire y regresa al aire, la lágrima es agua y termina en el mar. Todo lo que sale de nosotros tiene a dónde volver.
Aristóteles lo explicaba igual. Cada elemento buscaba su lugar natural: la piedra caía porque quería volver a la tierra, la llama subía porque su casa estaba arriba. Nada se perdía. Todo regresaba.
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Y entonces llega el amor y el sistema se rompe, porque el amor no está hecho de ninguno de esos elementos. Cuando se olvida no cae, no sube, no se evapora. Deja de estar, y nadie puede decir dónde quedó.
Quizá ahí está la belleza de lo efímero: hay cosas que solo existen mientras alguien las sostiene. El amor no se guarda en ningún elemento porque su único domicilio éramos nosotros.
Y si vive en quien lo siente y no en el aire ni en el mar, entonces nada de lo que amaste se fue: cambió de forma adentro de ti. Lo que verdaderamente importa no es a dónde se fue, sino quién eres ahora que lo viviste.
Al final del día, quizá la pregunta de Bécquer no busca respuesta. Busca compañía. Busca que alguien se quede callado junto a él, mirando el mismo hueco. ¿Y tú, cuando algo se te olvidó, de verdad se fue, o solo aprendiste a vivir sin buscarlo?
La imagen de los dos primeros versos no la inventó Bécquer. Venía de las coplas (los versos breves que la gente cantaba de memoria en la Andalucía de esos tiempos sin saber quién los había escrito, como hoy nadie sabe quién inventó una canción de cuna). En 1799 un vasco llamado Juan Antonio de Iza Zamácola empezó a recogerlas antes de que se perdieran y las publicó firmando con el apodo de «Don Preciso». Una de ellas dice: «Tus suspiros que vienen, / los míos que van, / si se encuentran al paso, / ¿qué extremos no harán?». Bécquer creció en Sevilla oyendo cosas así.
No fue el único que la usó. Augusto Ferrán, amigo suyo, publicó en 1861 su propio libro de coplas y escribió una con el mismo material: «Los besos y los suspiros, / las lágrimas y las quejas, / quién saben de dónde vienen / y dónde el viento las deja». Quién le pasó la idea a quién se discute desde entonces.
En la edición de 1885 el tercer verso empieza «Díme», con acento en la i. No es una errata. En el siglo XIX, cuando a un verbo se le pegaba atrás un pronombre —me, le, se—, se le dejaba la tilde al verbo para que el lector no corriera la fuerza de la voz al pronunciarlo. Por eso en los libros de entonces se lee «quedóse», «partióme» o «despidióse». La Academia quitó esa regla en 1999 y hoy la palabra se escribe «dime». El poema no está mal escrito: la ortografía se movió.
Son cuatro versos y el último es mucho más corto que los otros tres: los tres primeros miden once sílabas y el último, siete. Los largos afirman; el corto pregunta. Riman de oído nada más el segundo y el cuarto, los dos terminados en sílaba fuerte: mar y va. Que la única pregunta sea también el verso más breve, y que caiga después de tres versos largos y parejos, es de donde sale el efecto: el poema se frena justo donde debería seguir.
El siguiente
Rima I
Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.