Saltar al contenido

Rima LXV

Gustavo Adolfo Bécquer ›

Llegó la noche y no encontré un asilo;

¡Y tuve sed!... Mis lágrimas bebí;

¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos

Cerré para morir!

¡Estaba en un desierto! Aunque á mi oído

De las turbas llegaba el ronco hervir,

Yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba

Desierto... para mí!

Sobre el poema

A principios del siglo XX, el sociólogo alemán Georg Simmel explicó por qué las ciudades grandes producen ese efecto, sentirse en un desierto a pesar de estar rodeado de multitudes. Quien vive rodeado de miles de estímulos y de desconocidos no puede responder emocionalmente a todos sin agotarse, así que desarrolla una coraza: una indiferencia de fondo que le permite cruzarse con cientos de personas sin registrar a ninguna. No es frialdad de carácter. Es una defensa necesaria.

El efecto secundario es el que describe el poema. Esa misma coraza que protege a cada uno hace que nadie registre al que se está cayendo. La multitud no es hostil: es sorda por diseño, y a nadie en concreto se le puede reclamar.

Seguir leyendo

Y hay una condición que agrava todo eso, y el poema la nombra en cinco palabras: ser huérfano y pobre. La ciudad tiene redes, pero no son públicas: son familias, oficios, parroquias, vecindarios. Quien no está dentro de ninguna no es que reciba poca ayuda; es que no hay nadie a quien le corresponda dársela.

Lo que verdaderamente importa es la corrección del último verso. No dice «el mundo estaba desierto», sino «desierto… para mí». El mundo estaba lleno. Lo que faltaba no era gente: era un sitio propio dentro de toda esa gente.

Al final del día, se puede pasar hambre en una ciudad donde sobra la comida. ¿Cuántas personas conoces a las que notarías si desaparecieran mañana, y para cuántas eres tú esa persona?

«Asilo» en ese tiempo quería decir algo más fuerte de lo que dice hoy. Viene del griego ásylon, «lo que no puede ser tomado por la fuerza»: en la Antigüedad ciertos templos eran asilo, es decir, lugares donde quien entraba no podía ser apresado ni siquiera por la autoridad. De ahí pasó a nombrar cualquier refugio y más tarde los edificios para acoger a huérfanos y ancianos. «No encontré un asilo» está diciendo que no halló un solo lugar en el mundo donde estuviera a salvo.

Este poema cierra cinco exclamaciones en ocho versos, y esa es la mayor concentración de todo el libro de Bécquer: ninguna de las setenta y seis rimas grita tanto por verso. El dato no es una curiosidad de contable. En un autor que construyó su fama sobre el tono bajo y la media voz, que este poema en concreto se salga del registro expresa con la puntuación lo mismo que dice con las palabras: desesperación.

Ocho versos en dos estrofas de cuatro, largos de diez a doce sílabas, con el cuarto de cada estrofa recortado a seis. Riman de oído todos los versos pares del poema, siempre en sílaba fuerte y con la misma vocal: bebí, morir, hervir, mí. Los puntos suspensivos cortan el último verso justo antes de la corrección que lo cambia todo, «desierto… para mí», de modo que el poema se interrumpe a sí mismo para matizar su propia frase más rotunda.

El siguiente

Rima I

Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.

Este poema se lee mejor en la app

Ahí está Poetario completo: el poema del día te llega cada mañana y puedes leer aunque no tengas señal.