Rima LXIX
Gustavo Adolfo Bécquer ›Al brillar un relámpago nacemos,
Y aún dura su fulgor cuando morimos:
¡Tan corto es el vivir!
La gloria y el amor tras que corremos,
Sombras de un sueño son que perseguimos:
¡Despertar es morir!
Sobre el poema
Bécquer resume la vida entera en seis versos: nacemos al brillar un relámpago y todavía dura su resplandor cuando ya nos estamos muriendo.
En el siglo VIII, un monje inglés llamado Beda contó una escena parecida para explicar por qué su rey debía plantearse qué hay después de la muerte. Imaginad, dice uno de los consejeros, un salón caldeado en invierno, con la tormenta fuera, y un gorrión que entra por una ventana, cruza la sala volando y sale por la otra. Ese instante de calor y luz es la vida humana; lo de antes y lo de después es intemperie y no sabemos nada de ello.
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Lo que las dos imágenes tienen en común no es el pesimismo sino la proporción. Ninguna de las dos dice que la vida sea mala: dicen que es breve y que está rodeada por algo mucho más grande de lo que dura ella.
Y de ahí se puede salir por dos caminos opuestos. Uno es la desesperación, que es el que suele atribuirse a los románticos. El otro es el que estos seis versos dejan abierto: si el destello dura tan poco, correr detrás de sombras es un desperdicio particularmente caro.
Lo que verdaderamente importa es a qué llama sombras, porque no son cosas pequeñas: son la gloria y el amor, exactamente las dos cosas por las que la gente organiza su vida entera.
Al final del día, dentro del relámpago solo caben unas cuantas cosas. ¿Cuáles estás persiguiendo tú, y cuántas de ellas siguen ahí cuando se apaga la luz?
De este poema se conserva algo poco común: un manuscrito de puño y letra de Bécquer, que está en el Museo de Bellas Artes de Córdoba. Y trae una sorpresa. En las listas de los estudiosos este autógrafo aparece citado por su primer verso en una versión que dice «al brotar un relámpago nacemos», con «brotar» y no con «brillar». Un relámpago que brota nace de la nada; uno que brilla ya estaba ahí. Una letra de diferencia y el poema empieza en otro sitio.
La idea de que se nace ya caminando hacia la muerte venía cantándose en Andalucía mucho antes. Antonio Carrillo Alonso cita este cantar recogido por Fernán Caballero: «Desde el día que nacemos / a la muerte caminamos: / no hay cosa que más se olvide / y que más cierta tengamos». Y una copla de soleá que dice lo mismo caminando: «Voy como si fuera muerto, / detrás camina mi sombra, / delante mi pensamiento».
«Despertar es morir» invierte a propósito el lugar común de su siglo. La tradición literaria española traía la fórmula contraria desde «La vida es sueño», la obra que Calderón de la Barca estrenó en 1635 y que instaló la idea de que vivimos dentro de un sueño del que la muerte nos saca. Bécquer no la contradice: la lleva hasta el final y le cambia el signo. Si la vida es el sueño, despertar no es salvarse. Es acabarse.
Seis versos en dos estrofas de tres. En cada estrofa los dos primeros son largos, de once o doce sílabas, y el tercero se corta a la mitad y lleva signos de admiración. La rima es exacta y cruza de una estrofa a otra: nacemos rima con corremos, morimos con perseguimos, y vivir con morir. Las dos estrofas están cosidas verso a verso, cada una con su gemela en la otra, y por eso el poema se siente como una sola frase dicha dos veces. Las dos últimas palabras, «vivir» y «morir», ocupan exactamente el mismo sitio.
El siguiente
Rima I
Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.