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Rima LXIV

Gustavo Adolfo Bécquer ›

Como guarda el avaro su tesoro,

Guardaba mi dolor;

Yo quería probar que hay algo eterno

A la que eterno me juró su amor.

Mas hoy le llamo en vano, y oigo al tiempo

Que le agotó, decir:

¡Ah, barro miserable, eternamente

No podrás ni aun sufrir!

Sobre el poema

Dejar ir una pena larga casi nunca se siente como un alivio. Se siente como una segunda pérdida, y quienes trabajan con duelos lo encuentran una y otra vez: llega un momento en que la persona se descubre pasando un buen rato y lo primero que aparece no es alegría, es culpa. Como si dejar de doler fuera una forma de deslealtad.

La razón es que el dolor se había vuelto el último vínculo disponible. Mientras dolía, algo seguía conectándote con lo que perdiste. Cuando se apaga, ese hilo también se corta, y entonces sí no queda nada.

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Por eso hay gente que cuida su herida con una dedicación que desde fuera parece incomprensible. No están siendo dramáticos ni regodeándose: están sosteniendo lo único que les quedó, y saben perfectamente que el día que se cure van a perder por segunda vez.

Lo que verdaderamente importa es que ni siquiera eso dura. El poema descubre que el sufrimiento tampoco es eterno, y que se gastó solo, sin permiso. La única prueba de permanencia que tenía a mano resultó tan perecedera como la promesa que quería refutar.

Al final del día, que algo deje de doler no significa que no importara. ¿Y si soltar no fuera una decisión que uno toma, sino algo que le va ocurriendo mientras mira hacia otro lado?

«Barro miserable» no es un insulto cualquiera: es una cita. En el Génesis, Dios forma al hombre del polvo o del barro de la tierra y le insufla vida, y de ahí viene toda una tradición de llamarle barro al ser humano para recordarle de qué está hecho y a qué va a volver. Cuando el tiempo lo llama así en el penúltimo verso no le está diciendo despreciable: le está diciendo perecedero. Y eso es justo lo que el poema se negaba a aceptar.

Las únicas palabras entrecomilladas del poema no son de él ni de ella: son del tiempo. Los dos versos finales los pronuncia el tiempo en voz alta, convertido en un personaje que interviene para dar el veredicto.

Ocho versos en dos estrofas de cuatro, alternando uno largo de once o doce sílabas con uno más corto. Riman de oído los versos pares, y cada estrofa toma su propia vocal en sílaba fuerte: la primera en «o» —dolor, amor— y la segunda en «i» —decir, sufrir. La primera estrofa está en pasado y la segunda arranca con un «mas hoy», de modo que el poema entero se sostiene sobre un único corte temporal, sin transición y sin decir cuánto pasó en medio.

El siguiente

Rima I

Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.

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