Rima LXII
Gustavo Adolfo Bécquer ›Primero es un albor trémulo y vago,
Raya de inquieta luz que corta el mar;
Luego chispea y crece y se dilata
En ardiente explosión de claridad.
La brilladora luz es la alegría,
La temerosa sombra es el pesar:
¡Ay! en la oscura noche de mi alma,
¿Cuándo amanecerá?
Sobre el poema
Bécquer describe un amanecer sobre el mar con precisión de testigo, y en el último verso resulta que no estaba hablando del cielo sino de sí mismo.
Václav Havel, que escribió buena parte de su obra en la cárcel, dejó una distinción que sirve aquí. La esperanza, decía, no es la convicción de que algo va a salir bien: es la certeza de que algo tiene sentido, salga como salga. Lo primero depende del resultado y se derrumba con él. Lo segundo no.
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La diferencia importa porque cambia dónde se apoya uno. Quien espera que algo salga bien está apostando y puede perder. Quien sabe que va a amanecer no está apostando nada: está constatando cómo funciona el mundo, y por eso puede aguantar la noche sin ansias.
Y el poema hace exactamente eso. Dedica cuatro versos a recordar, con todo detalle, cómo sucede un amanecer: el resplandor tembloroso, la raya de luz, el crecimiento, la explosión. No es descripción decorativa. Es traer una prueba.
Lo que verdaderamente importa es la forma de la pregunta final. No pregunta si amanecerá, que sería desesperación. Pregunta cuándo, que es otra cosa: da por hecho lo principal y solo desconoce el plazo.
Al final del día, lo que sostiene a alguien en mitad de una mala racha casi nunca es una promesa. Es acordarse de haber visto salir el sol otras veces. ¿Cuántas llevas ya, y por qué esta te parece la definitiva?
«Albor» es una palabra que casi se perdió y merece rescatarse. Nombra la primera blancura del día, esa claridad todavía sin color que aparece antes de que el sol asome, y viene de «albo», que es blanco en latín. De la misma raíz salen «alba», «albura», «albino» y hasta «álbum», que originalmente era una tabla blanca donde se escribía. El primer verso no dice «luz»: dice esa blancura precisa que solo dura unos minutos.
De esta manera, Bécquer nos recuerda que, en los tiempos oscuros de nuestras vidas, no hay que preguntar si las cosas mejorarán, porque lo harán, ¡sino cuándo!
Ocho versos en dos estrofas de cuatro, largos y parejos de once sílabas, salvo el último, que se corta. Riman de oído los versos pares con las mismas vocales de principio a fin y siempre en sílaba fuerte: mar, claridad, pesar, amanecerá. Que la pregunta final caiga sobre esa misma rima que lleva sonando desde el segundo verso hace que suene menos a interrupción que a desenlace, aunque no desenlace nada. Y es el verso más corto: después de cuatro versos describiendo cómo crece la luz, la pregunta se acorta de golpe.
El siguiente
Rima I
Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.