Rima LXI
Gustavo Adolfo Bécquer ›Al ver mis horas de fiebre
É insomnio lentas pasar,
A la orilla de mi lecho,
¿Quién se sentará?
Cuando la trémula mano
Tienda, próximo á espirar,
Buscando una mano amiga,
¿Quién la estrechará?
Cuando la muerte vidríe
De mis ojos el cristal,
Mis párpados aún abiertos,
¿Quién los cerrará?
Cuando la campana suene
(Si suena en mi funeral),
Una oración al oirla,
¿Quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos
Oprima la tierra ya,
Sobre la olvidada fosa,
¿Quién vendrá á llorar?
¿Quién, en fin, al otro día,
Cuando el sol vuelva á brillar,
De que pasé por el mundo,
¿Quién se acordará?
Sobre el poema
Los romanos resolvían ese miedo de una manera muy concreta: hablándole al que pasara. Miles de lápidas romanas empiezan dirigiéndose directamente al caminante, con fórmulas del tipo «detente, viajero», y siguen contándole quién fue el muerto y pidiéndole que lea el nombre en voz alta. No pedían flores ni oraciones. Pedían un lector.
Detrás de esa costumbre hay una intuición exacta: mientras alguien pronuncie tu nombre sigues teniendo una forma de presencia en el mundo, y cuando deja de pronunciarse se termina algo que la muerte del cuerpo todavía no había terminado.
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Por eso las preguntas de este poema no son grandilocuentes. No pide gloria, ni monumentos, ni ser leído. Pide una silla junto a la cama, una mano, unos párpados cerrados, alguien que se acuerde: exactamente las cosas que solo puede dar alguien que estuviera cerca.
Lo que verdaderamente importa es que todas esas preguntas tienen la misma estructura y ninguna se puede contestar solo. Son preguntas sobre uno mismo cuya respuesta depende enteramente de otros, y eso las vuelve, en el fondo, preguntas sobre cómo ha vivido uno hasta ahora.
Al final del día, la respuesta no la escribe uno el día que se muere: la va escribiendo antes, sentándose junto a las camas de otros. ¿Junto a quién te has sentado tú?
El poema recibió respuesta, aunque él no llegara a saberlo. Murió en Madrid en diciembre de 1870 y allí lo enterraron. Cuarenta y tres años después, en abril de 1913, sus restos y los de su hermano Valeriano fueron exhumados del cementerio madrileño y llevados a Sevilla, la ciudad donde nació, en una gestión que venía pidiéndose desde 1884. Llegaron el 10 de abril y llovía tanto que no se pudo hacer el traslado previsto, así que las urnas pasaron la noche en una cripta. A la pregunta de quién vendría a llorar sobre la fosa olvidada, la respuesta acabó siendo una ciudad entera esperando bajo el agua.
«Vidríe» viene de vidrio y describe algo muy concreto. Al morir, los ojos pierden el brillo húmedo y la superficie se queda opaca y fija, con un aspecto que en español se ha nombrado siempre así: ojos vidriosos. El verso dice «cuando la muerte vidríe de mis ojos el cristal», es decir, cuando convierta en vidrio lo que era mirada. No es una comparación bonita: es lo que se ve.
Veinticuatro versos en seis estrofas de cuatro, cortos, de siete y ocho sílabas, con el último de cada estrofa más breve todavía. Y ese último verso es siempre la pregunta. Riman de oído los versos pares del poema entero, sin cambiar nunca, siempre en sílaba fuerte y con la misma vocal: pasar, sentará, espirar, estrechará, cristal, cerrará, funeral, murmurará, ya, llorar, brillar, acordará. Veinticuatro versos sosteniendo una sola rima y seis preguntas cayendo todas en el mismo sonido: el poema suena a campana, que es justamente lo que teme que no llegue a sonar.
El siguiente
Rima I
Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.