Rima LVI
Gustavo Adolfo Bécquer ›Hoy como ayer, mañana como hoy,
Y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno,
Y andar... andar!
Moviéndose á compás, como una estúpida
Máquina, el corazón:
La torpe inteligencia del cerebro,
Dormida en un rincón.
El alma, que ambiciona un paraíso,
Buscándole sin fe;
Fatiga sin objeto, ola que rueda
Ignorando por qué!
Voz que incesante con el mismo tono
Canta el mismo cantar;
Gota de agua monótona que cae,
Y cae sin cesar!
Así van deslizándose los días
Unos de otros en pos,
Hoy lo mismo que ayer... y todos ellos
Sin goce ni dolor.
¡Ay! á veces me acuerdo suspirando
Del antiguo sufrir...
Amargo es el dolor; pero siquiera,
Padecer es vivir!
Sobre el poema
Bécquer escribe veinticuatro versos sobre no sentir nada, y al final confiesa que echa de menos el sufrimiento antiguo porque al menos aquello era estar vivo.
Los monjes del desierto, en el siglo IV, le pusieron nombre a esto mucho antes que la psicología: lo llamaron acedia, y lo describían como el demonio del mediodía. No era tristeza ni era pecado de deseo. Era una desgana pesada que llegaba a media jornada, hacía que las horas no avanzaran y volvía insoportable la celda sin que ocurriera en ella nada malo.
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Lo tomaban en serio hasta el punto de considerarlo el peligro mayor de esa vida, más que la tentación o el miedo. Porque la tentación al menos te mueve. La acedia no te mueve a nada: te deja exactamente donde estás, mirando la pared, incapaz de explicar qué te pasa porque no te pasa nada.
Ese es el problema práctico de este estado, y sigue siéndolo. Quien está roto tiene algo que contar y por eso recibe ayuda. Quien está apagado no tiene ni siquiera una historia, y cuando le preguntan qué le ocurre la respuesta honesta es «nada», que es justo la palabra que hace que nadie insista.
Lo que verdaderamente importa es lo que revela el final, y es de las cosas más incómodas que Bécquer dejó escritas: preferir el dolor al vacío. No porque el dolor sea bueno, sino porque el dolor todavía demuestra que hay alguien ahí dentro sintiendo algo.
Al final del día, mucha gente no pide ayuda porque no tiene nada dramático que contar. Solo lleva meses en gris. ¿Y si estar apagado mereciera exactamente la misma atención que estar roto?
«Monótona», la palabra que le pone a la gota de agua, se explica sola en cuanto se abre. Viene del griego monos, uno solo, y tonos, tono: algo que suena siempre en la misma nota. Es exactamente lo que el poema había dicho dos versos antes con la voz que canta el mismo cantar, y es también lo que el poema se hace a sí mismo, porque en veinticuatro versos no se sale de su propio compás ni una vez.
Hay una rareza gramatical que sostiene el efecto: el poema está escrito casi sin verbos conjugados. Casi todo son gerundios y participios —moviéndose, dormida, buscándole, deslizándose— y sustantivos sueltos: un cielo gris, un horizonte eterno, fatiga sin objeto, gota de agua. Un verbo conjugado sitúa una acción en un momento; sin ellos, nada llega a ocurrir del todo. La monotonía no está solo contada: está montada en la gramática.
«Padecer» no es un sinónimo elegante de sufrir, trae otra historia. Viene del latín pati, que significa soportar o dejar que algo te ocurra, y de esa raíz salen «paciencia», «pasivo» y «pasión», incluida la Pasión con mayúscula que nombra el sufrimiento de Cristo. Lo que dice el último verso, con esa palabra y no con otra, es que estar vivo consiste en dejar que las cosas te pasen encima. Que no te pase ninguna es la única forma verdadera de estar muerto.
Veinticuatro versos en seis estrofas de cuatro, con los pares acortados, casi como un eco del verso anterior. Riman de oído esos versos pares, y cada estrofa cambia de vocal en sílaba fuerte: igual y andar, corazón y rincón, fe y qué, cantar y cesar, pos y dolor, sufrir y vivir. Seis estrofas, seis sonidos distintos, y sin embargo la sensación es de que nada cambia: el patrón se repite con tanta exactitud que las variaciones se vuelven invisibles.
El siguiente
Rima I
Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.