
Manuel González Prada
1844–1918 · Perú · Nació en Lima, Perú · Murió en Lima, Perú · Poeta, Ensayista, Político, Bibliotecario
Semblanza
Manuel González Prada nació en Lima en 1844, en una de las familias más ricas y más católicas del Perú, y se pasó la vida atacando todo aquello de lo que venía. Peleó en la guerra contra Chile, y cuando el ejército chileno ocupó Lima se encerró en su casa y no volvió a salir a la calle hasta que se fueron: casi tres años sin pisar la vereda. De ahí salió convertido en el crítico más duro que tuvo su país. En 1888 dijo en el teatro Politeama la frase que todavía se le cita: «los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra».
Fue además el poeta que metió al castellano formas de verso que no tenía. Se trajo de Francia, de Italia y de Persia moldes enteros —el rondel, el triolet, la villanela— y los probó uno por uno en dos libros, «Minúsculas» de 1901 y «Exóticas» de 1911. Murió en Lima en 1918 dirigiendo la Biblioteca Nacional. Se le recuerda por partes: los peruanos, por el panfletario que les dijo lo que nadie; los poetas, por haberles ampliado el instrumento.
Vida
Nació el 5 de enero de 1844 en Lima, hijo de Francisco González de Prada, que fue vocal de la Corte Superior de Justicia y alcalde de Lima entre 1857 y 1858, y de María Josefa Álvarez de Ulloa. Era una familia de la aristocracia colonial, con apellido, tierras y sacerdotes. Lo bautizaron José Manuel de los Reyes González de Prada y Álvarez de Ulloa, y el nombre con el que firmó toda su vida es lo que quedó después de irlo recortando: acabó quitándole el «de» al apellido, que era la partícula que señalaba la nobleza. Estudió de niño en Valparaíso, en Chile, adonde la familia se fue desterrada por razones políticas, y de vuelta en Lima lo metieron al seminario de Santo Toribio, la escuela donde se formaban los curas. Se salió. Pasó después al Convictorio de San Carlos a estudiar leyes y también se salió, sin terminar. En vez de eso se fue años a una hacienda de la familia en el valle de Mala, al sur de Lima, donde se dedicó a la química, a leer alemán y a escribir versos que no publicaba.
En 1879 Chile le declaró la guerra al Perú y a Bolivia por el salitre del desierto, y González Prada se alistó. Peleó en la batalla de Miraflores, en enero de 1881, que fue la última defensa de Lima y se perdió. El ejército chileno entró a la ciudad y se quedó dos años y medio. Él se metió en su casa y no volvió a salir a la calle en todo ese tiempo, porque no quería caminar por una ciudad ocupada. Tenía treinta y siete años. Al finalizar el encierro en su hogar, González Prada reapareció públicamente con una postura sumamente crítica hacia la realidad peruana. En 1885 asumió el liderazgo del Círculo Literario de Lima y lo transformó radicalmente. Dejó de ser un club de lectura convencional para convertirse en un centro de debate político. Desde allí, el grupo argumentaba que la derrota en la guerra no se debió a la mala suerte, sino a los males internos del país: el poder de la Iglesia, el militarismo, los abusivos terratenientes y el profundo desprecio hacia la población indígena.
En medio de esta ebullición intelectual, la vida privada del escritor también se transformó de manera definitiva. El 11 de septiembre de 1887, González Prada contrajo matrimonio en Lima con Adriana de Verneuil, una joven de nacionalidad francesa que había migrado al Perú durante su infancia. Ella se convirtió rápidamente en su compañera indispensable y en el apoyo fundamental para los convulsos años de militancia política y literaria que estaban por venir. Con ella enfrentó la dolorosa pérdida de sus dos primeros hijos, Cristina y Manuel, quienes fallecieron antes de cumplir el año de edad; y más tarde recibirían a su tercer hijo, Alfredo, el único sobreviviente del matrimonio y quien custodiaría el legado intelectual de su padre.
Bajo esta misma consigna de cambio familiar y social, el 29 de julio de 1888 se organizó un evento benéfico en el teatro Politeama de Lima para recaudar fondos destinados al rescate de las provincias de Tacna y Arica, bajo ocupación chilena. En aquella jornada se leyó el célebre discurso que lo inmortalizó y del cual nació la mítica frase: «los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra». Aunque González Prada fue el autor intelectual del texto, un detalle histórico frecuentemente distorsionado es que él no lo pronunció en el escenario debido a su timidez y baja voz; la vibrante lectura corrió a cargo del estudiante escolar Gabriel Urbina.
Pocos años después, en 1891, aquella militancia activa del Círculo Literario dio un paso definitivo al convertirse en un partido formal, la Unión Nacional, con un programa radical que exigía tierra para las comunidades indígenas, protección laboral y la separación de la Iglesia y el Estado. Ese mismo año, el escritor partió rumbo a Europa acompañado por su esposa Adriana. La pareja se estableció durante siete años entre París y Barcelona; un periodo crucial donde él adoptó el anarquismo —ideología que busca suprimir el Estado— y publicó en 1894 sus célebres «Pájinas libres». El uso de la jota en el título fue intencional, respondiendo a su propuesta de simplificación ortográfica fonética.
Los libros de poemas llegaron después y son otra cosa. «Minúsculas» (1901) y «Exóticas» (1911) son laboratorios de métrica: fue trayendo al castellano moldes de verso que el idioma no tenía —el rondel y el triolet franceses, la villanela, el rispetto italiano, el pantun malayo que conoció por versiones inglesas— y escribió uno de cada uno para ver cómo se desempeñaban. También probó verso sin rima. De ahí salieron discípulos directos: Alberto Ureta con el triolet y Juan Parra del Riego con el polirritmo.
En 1912, González Prada fue nombrado director de la Biblioteca Nacional del Perú, una labor que desempeñó en dos periodos (1912-1914 y 1916-1918). Su llegada a la institución provocó un duro choque con su predecesor, Ricardo Palma, el venerado «Bibliotecario Mendigo». Inmediatamente después de tomar posesión, González Prada auditó la gestión previa y sacó a la luz diversas anomalías administrativas a través de un informe oficial. La denuncia provocó un escándalo nacional y un cruce de acusaciones públicas que enemistó de por vida a los dos pensadores más influyentes de la época.
Murió en Lima el 22 de julio de 1918, de una falla del corazón, a los setenta y cuatro años. Buena parte de su obra estaba sin publicar. Su hijo Alfredo, diplomático y escritor, se dedicó durante décadas a sacar los libros póstumos, entre ellos las «Baladas peruanas», que recogen tradiciones indígenas y escenas de la conquista y que él había empezado a escribir hacia 1871, cuarenta años antes de que nadie las leyera.
Su tiempo
El Perú en el que nació vivía del guano, el excremento de aves marinas acumulado en las islas de la costa, que Europa compraba como fertilizante a precios enormes. Entre 1840 y 1870 ese ingreso pagó ferrocarriles, deuda y sueldos del Estado, y sostuvo a la clase a la que pertenecía su familia. Cuando se agotó, el país quedó endeudado y sin de qué vivir, y esa era la situación cuando empezó la guerra.
La Guerra del Pacífico (1879-1883) es el hecho que le parte la vida en dos, y no solo a él. Chile ganó, ocupó Lima desde enero de 1881 hasta octubre de 1883, se llevó los libros de la Biblioteca Nacional y el Perú perdió las provincias del salitre. Para la generación de González Prada la derrota no fue un episodio militar sino la prueba de que el país estaba mal armado por dentro, y toda su obra en prosa sale de ahí.
Después vino lo que en el Perú se llama la Reconstrucción: gobiernos militares primero y civiles después, tratando de rehacer la hacienda pública con capital extranjero. En el campo seguía existiendo la servidumbre indígena, con haciendas que retenían a los trabajadores por deuda. González Prada fue de los primeros en decir en público que ese era el problema central del país y no un asunto de folclor: «no forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos y extranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico y los Andes; la nación está formada por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera».
Sus siete años en Europa (1891-1898) coinciden con el momento más agitado del anarquismo en Francia y España: atentados, juicios y una prensa obrera abundante en París y Barcelona, justo las dos ciudades donde vivió. Volvió al Perú con ese ideario y con una biblioteca de poesía francesa reciente, y las dos cosas se le notan: los panfletos de «Horas de lucha» (1908) y los moldes de verso importados de «Exóticas» (1911) son del mismo viaje.
Logros
El discurso del Politeama, el 29 de julio de 1888, que fijó la frase «los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra» y volvió discutible en público lo que la derrota contra Chile significaba
«Pájinas libres» (París, 1894), el libro de ensayos que introdujo en el Perú la crítica anticlerical y antimilitarista escrita para el público general y no para el gremio
La fundación de la Unión Nacional en 1891, primer partido peruano que puso en su programa la tierra de las comunidades indígenas y la protección de los trabajadores
«Minúsculas» (1901) y «Exóticas» (1911), donde aclimató al castellano el rondel, el triolet, la villanela y el rispetto, y ensayó verso sin rima antes de que fuera común
Haber puesto la condición del indio en el centro del debate nacional peruano, línea que recogieron después José Carlos Mariátegui y el indigenismo del siglo XX
Dos periodos al frente de la Biblioteca Nacional del Perú (1912-1914 y 1915-1918), reconstruyendo un acervo que la ocupación chilena había desmantelado