La felicidad
Un cielo azul de estrellas
brillando en la inmensidad;
un pájaro enamorado
cantando en el florestal;
por ambiente los aromas
del jardín y el azahar;
junto a nosotros el agua
brotando del manantial
nuestros corazones cerca,
nuestros labios mucho más,
tú levantándote al cielo
y yo siguiéndote allá,
ese es el amor mi vida,
¡Esa es la felicidad!...
Cruza con las mismas alas
los mundos de lo ideal;
apurar todos los goces,
y todo el bien apurar;
de lo sueños y la dicha
volver a la realidad,
despertando entre las flores
de un césped primaveral;
los dos mirándonos mucho,
los dos besándonos más,
ese es el amor, mi vida,
¡Esa es la felicidad...!
Más sobre el poema
Dos personas están juntas al aire libre, de noche, y el poema hace la lista de lo que las rodea: el cielo con estrellas, un pájaro cantando, olor a jardín y a azahar, un manantial al lado. Después de la lista llega la pareja —los corazones cerca, los labios más cerca todavía— y el poema se contesta a sí mismo: eso es el amor y eso es la felicidad. No pasa nada más. No hay conflicto, no hay pérdida y nadie se está despidiendo: es la descripción de un momento bueno mientras está ocurriendo.
La segunda mitad es donde el lector se traba, porque cambia la gramática sin avisar. La primera mitad va nombrando cosas que están ahí; la segunda se pasa a verbos en infinitivo —«Cruza con las mismas alas», «apurar todos los goces», «volver a la realidad»— y deja de estar claro quién hace qué. Lo que describe es el ir y venir de los dos entre lo imaginado y lo real: suben a «los mundos de lo ideal», agotan todo el gusto que hay ahí y bajan otra vez, y al bajar se despiertan sobre el pasto. La escena termina en el mismo lugar donde empezó, con los dos mirándose y besándose, y el poema repite el remate palabra por palabra.
«Apurar» aquí no es darse prisa: es agotar algo, beberlo hasta el fondo. Con el significado de hoy, «apurar todos los goces» parece que los apresura, cuando dice lo contrario, que no deja ni uno sin gastar. Y el azahar de la primera estrofa no es un olor cualquiera: es la flor del naranjo, la que llevaban las novias en el pelo el día de la boda. Está puesta ahí, entre los aromas del jardín, sin señalarla.
El único verso que descoloca es «tú levantándote al cielo / y yo siguiéndote allá», porque mete un movimiento de ascenso religioso en medio de una escena física. En el resto del poema los dos están sobre el pasto, oliendo flores y besándose; en esos dos versos ella sube y él va detrás. Se ha leído como que ella es la que lleva, y como una manera de decir que el placer también eleva. El poema no lo aclara y no vuelve sobre ello.
Suena a canción por dos razones que se oyen antes de entenderse. Los versos son cortos y parejos, y uno de cada dos termina en una sílaba acentuada con «a»: inmensidad, florestal, azahar, manantial, más, allá, felicidad. Esa «a» golpeada cae siempre en el mismo lugar y va marcando el compás. Encima, las dos estrofas cierran con los mismos dos versos —«ese es el amor, mi vida, / ¡esa es la felicidad!»—, así que el poema tiene estribillo, como una copla.