
Manuel Acuña
1849–1873 · México · Nació en Saltillo, Coahuila, México · Murió en Ciudad de México, México · Poeta, Estudiante de medicina, Dramaturgo, Periodista
Semblanza
Llegó a la Ciudad de México a los quince años, becado y con muy poco dinero, para estudiar medicina en el caserón que había sido el Palacio de la Inquisición. Alcanzó el cuarto año de la carrera y nunca se tituló: entre las clases de anatomía fundó una sociedad literaria, escribió en los periódicos donde se estaba inventando la literatura mexicana y estrenó un drama en el Teatro Principal antes de cumplir veintitrés años.
El 6 de diciembre de 1873, a los veinticuatro, se envenenó con cianuro en su cuarto de la Escuela de Medicina. Su «Nocturno a Rosario» se volvió el poema de amor más recitado de México —de esos que la gente sabe de memoria sin recordar de quién son— y también la razón por la que se recuerda su muerte antes que su obra.
Vida
Nació en Saltillo el 27 de agosto de 1849, hijo de Francisco Acuña y de Refugio Narro. Sus padres le enseñaron las primeras letras en casa y después lo mandaron al Colegio Josefino, la escuela que los franciscanos acababan de abrir en la ciudad, donde estudió latín, francés, matemáticas y filosofía. En un Saltillo de esa época no había escuela de medicina ni de leyes: quien quería una profesión tenía que irse, y quien no se iba terminaba de labrador, vaquero, tendero o administrador de hacienda.
Se mudó a la Ciudad de México en 1865, a los quince años, con una beca corta y sin respaldo de su familia. Entró al Antiguo Colegio de San Ildefonso a terminar la preparatoria y en 1868 se inscribió en la Escuela Nacional de Medicina, instalada desde 1854 en el edificio de la plaza de Santo Domingo que durante casi un siglo había sido el Palacio de la Inquisición: las celdas del Santo Oficio convertidas en salones de anatomía. Llegó al cuarto año de la carrera y nunca se recibió. Vivió como interno en el cuarto 13 del segundo patio, el mismo que una década antes había ocupado Juan Díaz Covarrubias, otro estudiante de medicina que escribía versos y que fue fusilado a los veintiuno en Tacubaya durante la Guerra de Reforma.
Juan de Dios Peza, su amigo más cercano, lo describió delgado, de ojos grandes y barba escasa, «triste en el fondo pero jovial y punzante en sus frases, sensible como un niño y leal como un caballero antiguo». Se desvelaba leyendo y escribiendo hasta el amanecer a base de café cargado —«el néctar negro de los sueños blancos», le decía— y le pesaba estar lejos de su madre.
En 1868 fundó con otros estudiantes la Sociedad Literaria Netzahualcóyotl, que se reunía en un exconvento y se propuso algo más ambicioso que leer versos en voz alta: reconciliar a un país que llevaba medio siglo matándose y darle una literatura propia, no heredada de España. Su primer texto publicado, en 1869, fue una elegía por un amigo muerto, Eduardo Alzúa. De ahí en adelante escribió en El Renacimiento —la revista con la que Altamirano intentaba sentar a liberales y conservadores en la misma página—, en El Federalista, El Domingo, El Búcaro y El Eco de Ambos Mundos, y fue redactor de La Sombra de Guerrero y La Democracia. Entró al Liceo Hidalgo como socio titular en 1872 y en 1873 era su vicepresidente, a los veintitrés años. Altamirano lo trataba como a un hijo.
El 9 de mayo de 1872 estrenó en el Teatro Principal «El pasado», un drama en tres actos y en prosa contra el fanatismo religioso, dirigido por el actor español José Valero y aplaudido de pie. De ese mismo tiempo es «Ante un cadáver», que empieza frente a una mesa de disección y termina resolviendo que no hay alma, solo materia que cambia de forma: un poema levantado sobre Lucrecio y sobre el positivismo que acababa de entrar a las escuelas mexicanas. Se llegó a sospechar que era ateo, acusación grave en ese México; sus amigos lo negaron después de su muerte.
Entre 1872 y 1873 vivió con Laura Méndez, poeta de diecinueve años que después sería conocida como Laura Méndez de Cuenca y llegaría a ser una de las escritoras más notables del siglo. Compartieron la pobreza y tuvieron un hijo, Manuel Acuña Méndez, nacido en octubre de 1873 y muerto de bronquitis a los tres meses, en enero de 1874. Ya se habían separado cuando nació: a Acuña le llegaron rumores sobre ella y los creyó. En marzo de 1873 le mandó un poema de ruptura, «Adiós», y ella le contestó con otro del mismo título que no se publicó en su momento.
La casa de la familia De la Peña, en la calle de Santa Isabel, era una de las tertulias donde se decidía la vida literaria de la capital: por ahí pasaban Altamirano, Justo Sierra, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez y años después José Martí. Rosario de la Peña, la hija de la casa, recibía a todos y a casi todos les gustaba: rechazó más de quince propuestas de matrimonio, nunca se casó y su relación larga fue con el poeta Manuel María Flores. A Acuña lo dejó visitarla sin decirle ni sí ni no, y de esa tibieza se arrepintió el resto de su vida, porque después del suicidio la sociedad mexicana la convirtió en culpable y así la trató durante cincuenta años. **Que ella lo rechazara sea la causa de su muerte es la versión de sus contemporáneos, no un hecho establecido.**
El 5 de diciembre de 1873 caminó con Peza por la Alameda, le dictó un último soneto y al despedirse le dijo que lo esperara al día siguiente a la una en punto, sin falta. Peza llegó unos minutos después de la una y lo encontró tendido en su cuarto, con un olor ácido a almendras amargas: había tomado cianuro de potasio. Dejó cartas orladas de negro y una nota que decía «Lo de menos era entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mismo es el culpable». Lo enterraron el 10 de diciembre en el cementerio de Campo Florido, con una lira de oro de cuerdas rotas sobre el féretro y más de cien carruajes detrás; Justo Sierra dio el discurso. Sus restos pasaron después al Panteón de Dolores y en 1917 el gobierno de Coahuila los llevó a Saltillo, a la Rotonda de los Coahuilenses Ilustres del Panteón de Santiago.
Su tiempo
Nació año y medio después de que México firmara el Tratado de Guadalupe Hidalgo y perdiera la mitad de su territorio, y lo hizo en la ciudad donde eso se había sentido de cerca: Saltillo estuvo ocupada diecinueve meses por el ejército de Zachary Taylor, y la batalla de La Angostura se peleó a unos kilómetros de ahí en febrero de 1847. Su infancia y su adolescencia transcurrieron enteras en guerra: primero la de Reforma, después la intervención francesa.
Llegó a la capital en 1865, en el momento más alto del Segundo Imperio, cuando Maximiliano gobernaba desde Chapultepec. En 1867 el Imperio cayó, Maximiliano fue fusilado en Querétaro y la República se restauró. La generación de Acuña fue de las primeras que pudo hacer una carrera completa sin que una guerra le cerrara la escuela, y ese optimismo se oye en sus poemas patrióticos, «A la patria» e «Hidalgo».
En diciembre de 1867, meses después de la caída del Imperio, el gobierno de Juárez organizó por primera vez la educación pública fuera de las manos de la Iglesia y fundó la Escuela Nacional Preparatoria en el mismo San Ildefonso donde Acuña estudiaba. La puso a cargo de Gabino Barreda, un médico mexicano que había ido a París a oír las clases de Auguste Comte, el filósofo del positivismo: la idea de que lo único que se puede saber del mundo es lo que se observa y se mide, y de que todo lo demás —la revelación, el alma, el dogma— no cuenta como conocimiento. El plan nuevo empezaba por matemáticas y ciencias naturales, y su lema era «amor, orden y progreso». De esos salones Acuña pasó a la mesa de disección de la Escuela de Medicina. Su generación fue la primera en México que aprendió a ver un cadáver como materia que se descompone y no como un misterio, y a esos mismos muchachos les tocó ser poetas románticos. «Ante un cadáver» es ese choque.
La literatura también se estaba organizando como proyecto nacional. En 1869 Altamirano y Gonzalo A. Esteva fundaron El Renacimiento, una revista que reunió a más de setenta escritores de todos los bandos con dos ideas: que México tuviera una literatura propia y que escribir juntos ayudara a dejar de pelear. Acuña se formó dentro de ese programa. Murió en 1873, un año después de Juárez y tres antes de que Porfirio Díaz tomara el poder: no alcanzó a ver nada del país que su generación creía estar fundando.
Logros
«Nocturno a Rosario», el poema de amor más recitado de México y una de las pocas piezas del siglo XIX que la gente todavía se sabe de memoria
«Ante un cadáver», donde el positivismo entra a la poesía mexicana: el poema piensa la muerte como química y no como misterio
«El pasado», drama en tres actos contra el fanatismo, estrenado en el Teatro Principal el 9 de mayo de 1872, cuando su autor tenía veintidós años
Fundador de la Sociedad Literaria Netzahualcóyotl en 1868 y vicepresidente del Liceo Hidalgo en 1873, a los veintitrés años
Ciudad Acuña, en Coahuila, lleva su nombre; sus restos volvieron a Saltillo en 1917
Escribió todo lo que conocemos de él en cinco años, de 1869 a 1873, repartido en periódicos y folletos: nunca alcanzó a tener un libro propio. El primero, Versos, salió en 1874, meses después de su entierro