A Dorila: Oda VI
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días,
y los floridos años
de nuestra frágil vida!
La vejez luego viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
que, escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Si esto, pues, nos aguarda,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra frágil vida?
Para juegos y bailes
y cantares y risas
nos los dieron los cielos,
las Gracias los destinan.
Ven, ¡ay!, ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do lene el viento aspira;
y entre brindis süaves
y mimosas delicias
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
Más sobre el poema
Un hombre le habla a una mujer y le propone que salgan a pasarla bien. Para convencerla usa un rodeo largo: primero le describe cómo se van las horas, los días y los años; luego, cómo llega la vejez y detrás la muerte; luego, cómo el cuerpo se pone torpe y se acaban los gustos. Recién entonces hace la pregunta a la que iba —si eso es lo que nos espera, ¿para qué son los años buenos?— y él mismo se contesta: para juegos, bailes, cantos y risas. Los últimos ocho versos son la invitación: ven debajo de estas parras.
Ahí está la trampa de lectura. Más de la mitad del poema habla de muerte, y quien lo abandone a medias se va a llevar la impresión contraria a la que el poema quiere dejar. Todo lo funerario es el argumento, no el asunto: está puesto para que la invitación del final tenga peso. El giro ocurre exactamente en «Si esto, pues, nos aguarda», y de ahí al final no vuelve a nombrar la muerte ni una vez.
Hay una palabra que hoy dice lo contrario de lo que decía. Cuando el último verso propone «de la niñez gocemos», no habla de la infancia: «niñez» significaba aquí los años jóvenes, la edad temprana de un adulto. Sin eso, el cierre del poema se vuelve incomprensible. Otras dos son más fáciles: «los ayes nos fatigan» son los quejidos, y «do lene el viento aspira» quiere decir donde el viento sopla suave —«do» es donde y «lene» es suave, un latinismo que Meléndez usaba a propósito.
Dorila no era nadie. Es un nombre de pastora, de los que la poesía de esa época repartía por convención igual que repartía Filis, Clori o Galatea; el propio Meléndez Valdés firmaba como Batilo, que también es un nombre prestado. Conviene saberlo porque cambia cómo se lee: no es una carta a una mujer concreta, es un poema escrito para el molde. Que además haya sido dirigido a alguien real es posible y no está documentado.
El molde tiene nombre e historia. Es una anacreóntica, imitación de Anacreonte, un poeta griego del siglo VI antes de Cristo cuyos poemas breves hablaban de vino, flores, besos y de lo rápido que se acaba la juventud. Meléndez Valdés fue quien fijó esa forma en castellano. Se oye en que los versos son muy cortos y todos del mismo largo, y en que uno de cada dos termina en el mismo sonido —vida, avecina, dichas, alegría, Dorila, aprisa—, lo que le da el paso corto y parejo de una canción.
Está en las «Poesías» que publicó en 1785 el impresor Joaquín Ibarra, el libro con el que se volvió el poeta más leído de España. Vale la pena señalar el contraste con el resto de su vida: el hombre que escribió esto fue después juez en Zaragoza, fiscal en Madrid y terminó desterrado en Francia, donde murió pobre. La poesía ligera y la carrera de togas fueron simultáneas durante décadas.