
Juan Meléndez Valdés
1754–1817 · España · Nació en Ribera del Fresno, Badajoz, España · Murió en Montpellier, Francia · Poeta, Magistrado, Catedrático, Político
Semblanza
Juan Meléndez Valdés nació en Extremadura en 1754, estudió en Salamanca y ahí se volvió poeta por influencia de José Cadalso, que era militar y escritor y le enseñó a leer a los antiguos. Firmaba como Batilo. Escribió sobre todo poemas cortos y ligeros —pastoras, palomas, invitaciones a gozar del día— en un castellano transparente que fue lo que sus contemporáneos más le celebraron, y fue el poeta español más leído de su generación.
La otra mitad de su vida fue de togas: catedrático primero y luego juez y fiscal en Zaragoza, Valladolid y Madrid. Cuando Napoleón invadió España aceptó cargos del rey impuesto por los franceses, y al perderse esa causa se fue con ellos. Murió pobre en Montpellier en 1817, desterrado. Sus restos volvieron a Madrid en 1900.
Vida
Nació el 11 de marzo de 1754 en Ribera del Fresno, un pueblo de Badajoz, en una familia acomodada de provincia. Quedó huérfano joven y estudió en Madrid y en Segovia antes de entrar a la Universidad de Salamanca, donde se quedó a vivir muchos años.
En Salamanca conoció a José Cadalso, un oficial del ejército que además era escritor y que estaba destinado ahí. Cadalso le puso en las manos a los poetas latinos y a los ingleses, y le dio el nombre con el que firmó siempre: Batilo, tomado de un personaje de la poesía griega. Alrededor de Cadalso se armó un grupo de poetas jóvenes que hoy se llama la escuela salmantina, y Meléndez fue el que más lejos llegó de todos.
En 1780 ganó el premio de poesía de la Real Academia Española y en 1785 publicó su primer libro de poemas, impreso por Joaquín Ibarra, que era el mejor impresor de España. Ahí están las anacreónticas por las que se le conoce: poemas breves, de versos cortos, sobre el vino, las flores, los besos y lo rápido que pasa la juventud, imitados de Anacreonte, un poeta griego del siglo VI antes de Cristo que escribía justo de eso. En su momento se leyeron como una liberación: eran ligeros y claros en un país donde la poesía culta llevaba un siglo siendo oscura.
Meléndez Valdés estudió Derecho en la Universidad de Salamanca. Su primer trabajo fue como profesor de literatura en esa misma institución, aunque realmente vivió de su carrera judicial. Apoyado por el ministro Gaspar Melchor de Jovellanos, fue ascendiendo en la justicia del reino: empezó como juez en Zaragoza (1789), después pasó al tribunal de Valladolid (1791) y terminó convirtiéndose en fiscal en Madrid (1797). Sin embargo, cuando su protector Jovellanos perdió el poder, Meléndez también cayó en desgracia y el rey lo expulsó de la capital.
Su vida cambió por completo en 1808 con la invasión francesa de Napoleón, quien puso a su hermano José I en el trono de España. Meléndez Valdés y otros intelectuales de la época decidieron apoyar al nuevo gobierno francés, convencidos de que traerían las reformas modernas que el país necesitaba. Por aliarse con el enemigo, los españoles los llamaron "afrancesados", una palabra que todavía se usa como insulto. En 1812, a pesar del conflicto, fue nombrado miembro de la Real Academia Española.
Cuando los franceses perdieron la guerra y se retiraron en 1813, Meléndez tuvo que huir con ellos a Francia para salvar su vida. Pasó sus últimos años exiliado en las ciudades de Toulouse y Montpellier, donde vivió en la pobreza y con la prohibición de regresar a su patria. Murió en el destierro el 24 de mayo de 1817, a los 63 años.
Su fama tardó en recomponerse porque la política se le puso encima: durante buena parte del siglo XIX se le leyó como traidor antes que como poeta. En 1900 el Estado español trajo sus restos de vuelta y los puso en el cementerio de San Isidro de Madrid, en un mausoleo compartido con Goya, con Leandro Fernández de Moratín y con Juan Donoso Cortés.
Su tiempo
Se formó en la Salamanca de los años setenta del siglo XVIII, una universidad que había sido la primera de España y que entonces discutía si seguir enseñando como en el siglo XVI o abrirse a lo que se leía en Francia e Inglaterra. Meléndez y su grupo estaban del lado de abrirse, y esa pelea universitaria explica por qué su poesía es deliberadamente simple: la claridad era una postura, no un descuido.
Su carrera de magistrado ocurre bajo Carlos IV y bajo el poder de Manuel Godoy, en un gobierno donde los ascensos y las caídas dependían de a quién estabas atado. Meléndez estaba atado a Jovellanos, así que subió cuando Jovellanos subía y fue desterrado cuando Jovellanos fue encarcelado. Su vida pública no se entiende como mérito o demérito propio, sino como parte de esa cadena.
La Guerra de la Independencia (1808-1814) partió a la clase culta española en dos. Los ilustrados tuvieron que elegir entre un rey extranjero que prometía reformas y una resistencia nacional aliada con la Iglesia y con el absolutismo que ellos combatían. Meléndez eligió lo primero. Perdieron, y con la vuelta de Fernando VII en 1814 los afrancesados quedaron proscritos: se les confiscaron los bienes y muchos murieron fuera, como él.
Al mismo tiempo, en Europa la poesía estaba cambiando de piel: lo que él escribía —odas, anacreónticas, pastoras con nombre griego— era el final de una manera de hacer versos, y en Inglaterra y Alemania ya estaba naciendo el romanticismo. Sus últimos poemas, más oscuros y con más naturaleza y más noche, se leen hoy como el puente entre las dos cosas.
Logros
El premio de poesía de la Real Academia Española en 1780, que lo puso a la cabeza de su generación cuando tenía veintiséis años
Sus «Poesías» de 1785, impresas por Joaquín Ibarra, que fijaron la anacreóntica en castellano: poema breve, verso corto y asunto ligero, contra un siglo de poesía oscura
Haber sido el centro de la escuela salmantina, el grupo de poetas del que también salieron Nicasio Álvarez Cienfuegos y Diego González
Una carrera judicial completa —juez en Zaragoza en 1789, Chancillería de Valladolid en 1791, fiscal en Madrid en 1797— desde la que defendió reformas ilustradas en materia penal
Su ingreso a la Real Academia Española en 1812, en plena guerra
Haber servido de puente entre el siglo XVIII y el romanticismo español: los poetas de la generación siguiente lo leyeron como maestro incluso mientras lo condenaban por afrancesado