Poetario

Al amor

Cristóbal de Castillejo

Dame, Amor, besos sin cuento,

asido de mis cabellos,

y mil y ciento tras ellos,

y tras ellos mil y ciento,

y después

de muchos millares, tres;

y porque nadie lo sienta

desbaratemos la cuenta

y contemos al revés.

Más sobre el poema

Alguien le pide besos a otra persona y le pide, al final, que dejen de contarlos. Eso es el poema entero: nueve versos y una sola frase que no se interrumpe. Conviene saber de entrada que no es un poema original: es un poema latino de Catulo traído al castellano y recortado, al que Castillejo le quitó la primera mitad. La primera palabra que conviene aclarar está en el primer verso: «sin cuento» no significa aquí que los besos no se puedan contar por aburridos ni por poca cosa, significa que no tienen número, que son incontables. Y «asido» quiere decir agarrado, sujeto: quien besa lo tiene tomado del pelo mientras lo besa.

Después empieza a contar, y ahí es donde el poema se ríe de sí mismo. Pide mil y ciento, luego otros mil y ciento —el mismo par de números dado vuelta, para que la suma suene a una escalera que no termina—, y cuando el lector ya va montado en esa escalera, el poema la rompe: «y después / de muchos millares, tres». Tres. Después de miles de miles, tres besos más. El número minúsculo llega justo donde uno esperaba el número enorme, y con eso queda dicho sin decirlo que la cuenta era una tontería desde el principio.

Los tres versos finales explican para qué se rompe la cuenta, aunque hay ahí otra palabra que hoy se lee al revés: «porque nadie lo sienta» no quiere decir que nadie lo lamente, quiere decir que nadie se entere. Es la razón que trae el poema latino del que viene todo esto: si se sabe el número exacto de besos, alguien con mala intención puede envidiarlos y echar mal de ojo. Perder la cuenta —desbaratarla, contar al revés— es una manera de esconder la felicidad de la gente que la mira mal. Lo que en el original es superstición, aquí se vuelve además un juego de dos que deciden confundirse a propósito.

El poema latino es el quinto de Catulo, escrito en Roma en el siglo I antes de Cristo, y empieza con algo que Castillejo dejó fuera: «Vivamos, Lesbia mía, y amemos», y enseguida el aviso de que los soles se ponen y vuelven a salir, pero que a nosotros, apagada la luz breve, nos toca una sola noche que ya no acaba. Los besos de Catulo son la respuesta a esa muerte anunciada. Castillejo se quedó únicamente con la parte de los besos y tiró el memento mori: no hay aquí ni prisa ni sombra, solo el pedido y la broma de la cuenta. Es la diferencia que hace que este poema salga alegre y el otro salga urgente, y no es descuido —es una elección de traductor que decide qué se lleva y qué deja.

A quién le está hablando es una pregunta que el poema no cierra. «Amor» puede ser el dios Amor, el Cupido de los latinos, y entonces el poeta le pide besos al que reparte el amor, no a una persona; y puede ser también un vocativo cariñoso dirigido a quien tiene enfrente, como quien dice «amor mío». La primera interpretación explica que «asido» esté en masculino; la segunda explica que el poema figure entre sus obras de amores. El texto circula en las dos formas, con «asido» y con «asida», y esa variante empuja hacia una interpretación o hacia la otra. El poema no lo aclara, y funciona con cualquiera de las dos.

Suena a juego infantil porque está armado como uno. Ocho de los nueve versos tienen ocho sílabas y hay uno solo cortito, de cuatro —«y después»—, metido a propósito para que la voz tropiece justo antes del chiste del número. Las rimas son pocas y vuelven sobre sí mismas: cuento con ciento, cabellos con ellos, después con tres y con revés. El último verso rima con dos que quedaron atrás, o sea que el poema termina volviendo a un sonido que ya había dejado: cuenta al revés también en la rima. Y ese metro corto no es casual en él. Castillejo se pasó la vida defendiendo el verso castellano de ocho sílabas contra el endecasílabo italiano que estaban poniendo de moda Boscán y Garcilaso; traer a Catulo al castellano con el metro viejo era demostrar en un poema lo que sostenía en la polémica.

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