Poetario

Letrilla

Ángel de Saavedra, duque de Rivas

Decidme, zagales,

¿qué fuerza tendrán

los ojos de Lesbia,

que así me hacen mal?

Desde que los vide

ni sé descansar;

perdí mi reposo,

no puedo parar.

Sin duda que fuego

oculto tendrán,

pues, cuando me miran,

me siento abrasar.

Mas no da este fuego

incomodidad,

sino solamente...

no lo sé explicar.

Decidme, zagales,

¿qué fuerza tendrán

los ojos de Lesbia,

que así me hacen mal?

Más sobre el poema

Alguien les hace una pregunta a unos pastores: qué fuerza tendrán los ojos de Lesbia, que le hacen daño. Explica los síntomas —desde que los vio no descansa, no puede pararse quieto, se siente arder cuando ella lo mira— y entonces se corrige: ese fuego no le resulta molesto, es otra cosa, y no sabe cómo decirlo. La pregunta del principio vuelve al final sin respuesta.

Los cuatro versos del centro son el poema entero y es donde está la gracia: «Mas no da este fuego / incomodidad, / sino solamente... / no lo sé explicar». Después de describir su estado con precisión, se queda sin palabras justo en lo único que importaba. La confesión de no saber explicarlo es la definición más exacta que da.

El poema no dice nunca quién es el que pregunta ni por qué se lo pregunta a unos zagales, que son muchachos que cuidan ganado. Está fingiendo ser una canción de campo, con alguien que consulta su problema con la gente que tiene alrededor. Es un disfraz literario que en su momento se entendía al vuelo: la letrilla campesina era un molde reconocible, igual que hoy lo es una canción ranchera.

«Lesbia» no es una mujer real ni tiene que ver con la isla de Lesbos, en Grecia, en el sentido de hoy. Es el nombre que el poeta latino Catulo le dio a la mujer de sus poemas en el siglo I antes de Cristo, y desde entonces se usó como nombre convencional para la amada en la poesía culta europea. Ponerlo era una manera de señalar en qué tradición se estaba escribiendo.

Una letrilla es un poema breve para cantarse, de versos cortos y con un estribillo que vuelve. Aquí los versos son de seis sílabas y los cuatro primeros se repiten al final, cerrando el círculo. La forma explica el tono: es deliberadamente ligera, y el asunto —no saber nombrar lo que se siente— cabe en ella sin ponerse solemne.

Sorprende de quién viene. El duque de Rivas fue el hombre que estrenó «Don Álvaro o la fuerza del sino», la obra con la que el romanticismo entró en el teatro español a base de duelos, conventos y destino trágico. Esta letrilla es del mismo autor y no se le parece en nada.

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