A una bañista
¡Quién fuera el mar, que enamorado espera
que tu cuerpo interrumpa su llanura
y rodear tu espléndida hermosura
de un abrazo y a un tiempo toda entera!
Si yo en tus aguas infundir pudiera
el alma ardiente que adorarte jura,
en muestra de mi amor y mi ventura
te alzara en triunfo a la celeste esfera.
Y, al descender con mi tesoro, ufano,
convirtiendo la líquida montaña
en olas que anunciaran mi alegría,
en las costas del reino lusitano,
y en áfrica, y América, y Bretaña,
mi grito de placer resonaría.
Más sobre el poema
Un hombre mira a una mujer entrar al mar y desea ser el mar. La razón que da es concreta: el agua puede rodearla por completo y de una sola vez. De ahí sigue su fantasía: si pudiera meter su alma en esa agua, se transformaría en una ola gigante que la levantaría en peso hasta el cielo. Esta acción de elevarla no es un simple gesto físico, sino una metáfora de posesión y deseo absoluto que la sube a un plano divino. Al bajarla de esa cumbre, el grito de gusto del autor se oiría en Portugal, en África, en América y en Bretaña.
El poema es una sola idea que crece, y ahí puede perderse el lector. Empieza con un deseo pequeño —ser el agua— y termina con un grito que cruza el Atlántico. No hay ningún cambio de asunto en medio: es la misma idea inflándose hasta la exageración, y la exageración es deliberada, no un descuido.Las cuatro costas del final no están puestas al azar: son las que rodean el mar por el que ella se está bañando y las que se alcanzan desde ahí. «El reino lusitano» es Portugal, y «Bretaña» es la región del noroeste de Francia. El poema traza el mapa de hasta dónde llegaría el ruido de su alegría.
«Ufano» quiere decir orgulloso, satisfecho, y describe cómo bajaría él con ella en brazos tras haberla sostenido en lo alto. La «líquida montaña» es, precisamente, esa gran ola que se forma al levantarla, marcando el punto máximo de la emoción y el juego amoroso antes del descenso.
Es de los pocos poemas amorosos de su autor sin una sola nota de duda ni de renuncia. Los otros suyos piden permiso, se arrepienten o proyectan hacia el futuro; este solo celebra. La palabra con la que remata es «placer», y el poema no la matiza.
Es un soneto de versos largos. El molde le sirve para sostener la frase única: la rima va marcando el paso mientras la exageración sube, y el remate cae donde el soneto está hecho para rematar. No se sabe quién es la bañista, y el título la deja anónima a propósito: es «una», no «la».