Poetario

A Isabel

Adelardo López de Ayala

De Málaga la tierra encantadora

puso en tu frente cuantas rosas crías,

y el espléndido sol de Andalucía,

en tus ardientes ojos se atesora.

Cuando la risa endulza y aminora

el rayo audaz que tu mirada envía,

el alma se estremece de alegría,

bañada en luz de la primer aurora.

Un espejo te mando... -¡Error profundo!

Si al retratarte, el gozo te despierta

de admirar en tu rostro un paraíso,

mustio después encontrarás el mundo,

y temo que el espejo se convierta

en la encantada fuente de Narciso.

Más sobre el poema

Un piropo con un chiste al final. Los ocho primeros versos dicen que Málaga le puso en la cara todas las rosas que produce y que el sol de Andalucía se le guardó en los ojos, y que cuando se ríe da alegría mirarla. Los seis últimos cambian de tono: le cuenta que le está mandando un espejo de regalo y que ya se arrepintió de lo que este acto pueda causar.

El chiste necesita el mito para funcionar. Narciso era un joven de la mitología griega que se vio reflejado en el agua de una fuente, se enamoró de su propia imagen y no pudo apartarse de ahí. Lo que el poema teme es que el espejo le haga eso a ella: que se guste tanto que el resto del mundo le parezca deslucido y ya no mire a nadie más. Es decir, se arrepiente del regalo por celos de un espejo.

El punto donde el lector se traba está en los versos cinco y seis: «Cuando la risa endulza y aminora / el rayo audaz que tu mirada envía». «Aminorar» es reducir, y lo que dice es que la mirada de ella es demasiado fuerte —un rayo— y que al reírse la suaviza. El cumplido tiene doble filo: sin la risa, esa mirada intimida.

«Mustio» es marchito, apagado. «Mustio después encontrarás el mundo» quiere decir que después de verse a sí misma todo lo demás le va a parecer descolorido.

El poema pertenece a un tipo que hoy se ha perdido: el verso escrito para acompañar un regalo. Iba con el objeto, se leía una vez y explicaba por qué se mandaba. Eso es lo que le da el arranque brusco del noveno verso —«Un espejo te mando... -¡Error profundo!»— y también lo que explica que sea tan breve.

Es un soneto, y la raya de diálogo que aparece a mitad del noveno verso marca que el poeta se interrumpe a sí mismo. Está fingiendo que se le ocurre ahí mismo, mientras escribe, que el regalo fue mala idea. No se sabe quién era Isabel.

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