
Ignacio Manuel Altamirano
1834–1893 · México · Nació en Tixtla, Guerrero, México · Murió en San Remo, Italia · Escritor, Maestro, Abogado, Militar, Diplomático
Semblanza
Ignacio Manuel Altamirano nació indígena en Tixtla, en la sierra de lo que hoy es Guerrero, y no habló español hasta los catorce años. Llegó a la escuela con una beca, ganó otra para estudiar leyes en la capital y en medio se fue a pelear: la revolución contra Santa Anna, la Guerra de Reforma y la guerra contra los franceses, de la que salió con grado de coronel a los treinta y dos años. Después fue diputado, procurador general, presidente de la Suprema Corte de Justicia y maestro de casi todos los escritores mexicanos de la generación siguiente.
Con la guerra recién terminada fundó una revista para que escribieran juntos liberales y conservadores que acababan de matarse, y sostuvo el resto de su vida que México tenía que escribir sobre México en vez de copiar a Europa. Escribió las novelas «Clemencia» y «El Zarco» y poemas sobre la tierra caliente donde nació. Murió en 1893 en San Remo, Italia, siendo cónsul; pidió que lo cremaran y sus cenizas volvieron a México.
Vida
Nació el 13 de noviembre de 1834 en Tixtla, un pueblo de la montaña del sur que entonces pertenecía al Estado de México y que quince años después quedaría dentro del nuevo estado de Guerrero. Su familia era indígena: las fuentes lo dan casi siempre como nahua y algunas como chontal. En su casa no se hablaba español y él lo aprendió a los catorce años, cuando entró por primera vez a una escuela.
En 1848 obtuvo una beca para el Instituto Literario de Toluca y ahí estudió unos cinco años. Dos cosas le pasaron en ese edificio. Una fue Ignacio Ramírez, apodado «El Nigromante»: profesor, abogado y el liberal más filoso y más anticlerical de su generación, que le dio clases y consiguió que le sostuvieran la beca. La otra fue el trabajo con el que se pagaba parte del sustento: fue bibliotecario del Instituto, lo que lo dejó dentro de la biblioteca todo el tiempo que quiso.
En 1855 dejó los estudios para irse a la Revolución de Ayutla, el levantamiento que acabó con la última presidencia de Antonio López de Santa Anna, y peleó en el sur. En 1856 volvió y entró al Colegio Nacional de San Juan de Letrán a estudiar derecho, esta vez con una beca que le dio el presidente Ignacio Comonfort. Se recibió de abogado en 1858 y en 1859 se casó con Margarita Pérez Gavilán.
Peleó en las dos guerras siguientes. Estuvo en la Guerra de Reforma entre 1858 y 1860, que enfrentó a liberales y conservadores por las leyes que le quitaban a la Iglesia sus bienes y sus privilegios, a favor de los liberales. Y estuvo en la guerra contra la intervención francesa y el imperio de Maximiliano entre 1863 y 1867, donde llegó a coronel y participó en el sitio de Querétaro, la operación con la que terminó el Imperio. Después de eso no volvió a tomar las armas.
En 1861 entró de diputado al Congreso de la Unión y el 10 de julio de ese año pronunció el discurso que lo hizo famoso, en contra de perdonar a los conservadores vencidos. Con los años ocupó casi todos los cargos: oficial mayor de la Secretaría de Fomento con Vicente Riva Palacio, procurador general de la República, magistrado y después presidente de la Suprema Corte de Justicia, y varias veces diputado. Al mismo tiempo daba clases —latín en Letrán, y después en la Escuela Nacional Preparatoria, en Jurisprudencia, en Comercio y en la Normal— y fue de los que empujaron la idea de una educación pública gratuita, laica y obligatoria.
Su programa literario lo dijo en voz alta y lo sostuvo treinta años: México tenía que escribir sobre México, su paisaje, su historia y su gente, en vez de imitar a Europa, y hacerlo con las herramientas de la alta cultura y no como folclor. En 1869, dos años después del fusilamiento de Maximiliano, fundó con Gonzalo A. Esteva la revista «El Renacimiento», que duró cincuenta y tres números y que puso a escribir en la misma página a liberales y conservadores recién enemigos, con la idea de que hacer literatura juntos ayudaba a dejar de pelear. También organizó veladas y tertulias, y apadrinó a los escritores jóvenes, Manuel Acuña entre ellos.
Su obra hizo lo que él predicaba. «Clemencia», de 1869, salió primero por entregas en «El Renacimiento» y se considera la primera novela mexicana moderna. «La Navidad en las montañas» es de 1870. Sus poemas se juntaron en «Rimas», que apareció en el periódico «El Federalista» en 1871 y cuya tercera edición, de 1880, fijó cuáles eran y en qué orden. «El Zarco», la novela sobre los bandidos de Yautepec que casi todo mexicano leyó en la escuela, la escribió entre 1886 y 1888 y se publicó en Barcelona en 1901, ocho años después de su muerte.
En 1889 el gobierno lo nombró cónsul general de México en España, con residencia en Barcelona, y el Liceo Mexicano le hizo una velada de despedida el 5 de agosto de ese año. En 1890 cambió el puesto con Manuel Payno y pasó a París. Murió el 13 de febrero de 1893 en San Remo, en la costa italiana, adonde había ido por su salud. Pidió que lo cremaran y que sus cenizas volvieran a México, y las dos cosas se cumplieron: llegaron en junio de ese año y quedaron en el Panteón Francés. En 1934 las trasladaron a la Rotonda de las Personas Ilustres.
Su tiempo
Nació en un país que llevaba trece años de independiente y todavía no decidía qué era. Entre 1834 y 1848, mientras él era niño en Tixtla, México cambió de gobierno más de una docena de veces, se separó Texas y se perdió una guerra contra Estados Unidos y con ella la mitad del territorio. La Constitución había abolido las castas coloniales en 1822, pero la abolición era de papel: la escuela seguía siendo en español y en las ciudades. Que un niño de una familia que no hablaba español entrara a una escuela en 1848 y saliera abogado diez años después fue un caso aislado.
Su vida adulta cabe dentro de una guerra civil que duró veinte años. La Revolución de Ayutla derribó a Santa Anna en 1855. La Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma, que separaron a la Iglesia del Estado y le quitaron sus propiedades, desataron la Guerra de Reforma entre 1858 y 1861. Apenas terminada esa, Francia invadió el país, puso en el trono a Maximiliano de Habsburgo en 1864 y lo sostuvo hasta 1867. Altamirano peleó en las tres, y su generación llegó al poder en 1867 después de haber ganado por las armas una discusión sobre qué clase de país querían.
Entre 1867 y 1876, en el periodo que se llama la República Restaurada, se construyeron de golpe las instituciones que no existían. En diciembre de 1867 se fundó la Escuela Nacional Preparatoria y se organizó por primera vez la educación pública fuera de las manos de la Iglesia; se levantaron tribunales, ferrocarriles y periódicos. La literatura entró en ese paquete como una obra pública más, y por eso Altamirano pudo fundar una revista con un argumento de gobierno: que un país que acababa de fusilar a un emperador necesitaba que sus escritores volvieran a hablarse.
Después vino el porfiriato y él siguió dentro. Porfirio Díaz tomó el poder en 1876 y no lo soltó hasta 1911. Altamirano conservó cátedras y cargos, y en 1889 aceptó un consulado en Europa, que era donde solían terminar los liberales veteranos del régimen. Murió en Italia en 1893, cuando la generación que él había enseñado ya escribía otra cosa, el modernismo, y cuando faltaban diecisiete años para que se cayera el país que ayudó a levantar. El Estado que salió de esa caída lo tomó como fundador y en 1934 llevó sus cenizas a la Rotonda.
Logros
«El Renacimiento» (1869), la revista que fundó con Gonzalo A. Esteva dos años después del fusilamiento de Maximiliano y que puso a escribir juntos a liberales y conservadores recién enemigos: cincuenta y tres números
«Clemencia» (1869), que se considera la primera novela mexicana moderna, y «El Zarco», escrita entre 1886 y 1888 y publicada en Barcelona en 1901, que es la novela mexicana del siglo XIX que más gente ha leído
«Rimas» (1871; la tercera edición, de 1880, fijó el conjunto), donde la poesía mexicana nombra el mamey, el cafetal y la tierra caliente en vez del paisaje literario europeo
Sostuvo durante treinta años, en revistas, cátedras y tertulias, que la literatura mexicana debía tratar de México, y formó a la generación que lo hizo
Coronel en la guerra contra la intervención francesa y presente en el sitio de Querétaro en 1867; antes había peleado en la Revolución de Ayutla y en la Guerra de Reforma
Diputado, procurador general de la República y presidente de la Suprema Corte de Justicia, además de profesor en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Normal, empujando la educación pública gratuita, laica y obligatoria