
Baltasar del Alcázar
1530–1606 · España · Nació en Sevilla, España · Murió en Ronda, Málaga, España · Poeta, Soldado, Alcaide, Tesorero
Semblanza
Baltasar del Alcázar fue soldado en las galeras del Mediterráneo, después mandó una fortaleza para los duques de Alcalá, y al final fue tesorero de la Casa de la Moneda de Sevilla —la oficina donde se acuñaba la plata que llegaba de América— y regidor de la ciudad. Escribió toda su vida y no publicó un solo libro. Sus poemas eran para leerse en voz alta entre amigos, en las reuniones literarias de Sevilla, y de ahí no salían.
Escribió lo contrario de lo que se esperaba de un poeta de su siglo. En vez de la dama inalcanzable, morcilla, aceituna, jamón con lugar de origen y una discusión seria sobre si quiere más a su novia o a la merienda. Terminó sus días en Ronda, enfermo de gota, escribiendo en verso sobre sus achaques con el mismo humor. Durante siglos esa poesía cómica se consideró menor, y hoy es lo que lo mantiene leído.
Vida
Nació en Sevilla en 1530, sexto hijo de Luis del Alcázar y de Leonor de León; a veces firmó con el apellido de su madre. Su familia era de judeoconversos, es decir, descendientes de judíos bautizados. Eso importaba en la práctica: para entrar a una orden militar, a un cabildo de catedral o a un colegio mayor había que probar «limpieza de sangre», una investigación sobre los abuelos que dejaba fuera a las familias como la suya. Estudió humanidades y se hizo soldado.
Sirvió en las galeras de Álvaro de Bazán, el marino que en 1569 recibiría el título de marqués de Santa Cruz. Una galera del Mediterráneo de esos años era una nave de remo movida por forzados y esclavos, que salía a perseguir corsarios berberiscos frente a las costas de España y del norte de África y volvía cargada de cautivos. No era una guerra de batallas grandes sino de persecuciones, desembarcos y rescates. Alcázar pasó ahí sus años jóvenes y no dejó ni un verso heroico sobre esa etapa.
De vuelta en tierra se casó y entró a trabajar para los duques de Alcalá como alcaide del castillo y la villa de Los Molares, en el campo sevillano. Un alcaide era el que mandaba la fortaleza y a la vez administraba el pueblo del señor: cobraba, resolvía pleitos menores y respondía por las cuentas. Es el primero de varios trabajos suyos que consistían en llevar la cuenta de algo, y ese vocabulario acabó metiéndose en sus poemas.
En 1583 volvió a Sevilla con dos cargos. Fue tesorero de la Casa de la Moneda, el taller donde se acuñaban la plata y el oro que llegaban de América, y fue «veinticuatro», que era el nombre que se les daba a los regidores del ayuntamiento sevillano porque el cabildo tenía veinticuatro asientos. Los dos eran puestos de confianza y en los dos respondía con su nombre por dinero ajeno.
Su vida literaria pasó dentro de un grupo, no de una imprenta. En la Sevilla de esos años había academias, que eran reuniones regulares en casa de alguien, con lectura, discusión y competencia. La más conocida la presidía el humanista Juan de Mal Lara en la Alameda de Hércules, y por ahí pasaban el poeta Fernando de Herrera, el pintor Francisco Pacheco y el propio Alcázar. Para esa sala escribía: poemas cortos, con el final calculado para que alguien se riera cuando terminara la lectura.
Escribió epigramas, redondillas y canciones sobre asuntos domésticos. Las dos piezas por las que se le conoce son la «Cena jocosa» —la de don Lope de Sosa, la ensalada y el conejo— y «Tres cosas me tienen preso». En sus poemas no se burla de otro: aplica a la comida, a la sed y a su propio cuerpo el mismo aparato con que se escribía la poesía amorosa culta, y el que queda en ridículo es siempre el que habla.
Pasó sus últimos años en Ronda, en la serranía de Málaga, enfermo de gota. Siguió escribiendo, y escribió sobre eso: cartas en verso donde va enumerando sus achaques con el mismo tono con que había hablado de la bella Inés. Murió allí en 1606, a los setenta y seis años.
No dejó nada publicado. Lo que se conserva se lo debemos al pintor Francisco Pacheco, que fue maestro y suegro de Velázquez: reunió todos los poemas suyos que pudo encontrar, los copió en un manuscrito y además le hizo el único retrato que hay de él. Ese manuscrito se perdió, pero de él salieron las copias que circularon, y con esas copias trabajó Francisco Rodríguez Marín, que en 1910 publicó por encargo de la Real Academia Española la primera edición seria de su poesía, con un estudio biográfico que sigue siendo la base de lo que se sabe de él.
Su tiempo
Sevilla fue durante su vida la ciudad más rica de España. Desde 1503 la Casa de la Contratación, con sede ahí, tenía el monopolio del comercio con América: todo barco que iba o volvía de las Indias pasaba por Sevilla, y toda la plata también. La ciudad tenía unos cincuenta mil habitantes al empezar el siglo, cien mil hacia 1571 y más de ciento veinte mil en 1588. Alcázar vio ese crecimiento entero y trabajó en dos de sus piezas: el taller donde se convertía en moneda la plata que llegaba, y el ayuntamiento que gobernaba la ciudad.
Esa misma Sevilla fue donde empezó la persecución de los conversos. El primer auto de fe de la Inquisición española se celebró ahí en 1481, y los primeros condenados salieron de sus barrios. Cuando Alcázar nació, medio siglo después, el mecanismo ya era rutina: los estatutos de limpieza de sangre cerraban cargos y honores a quien tuviera un antepasado judío, y para probarlo se investigaba a los abuelos. La familia de Alcázar estaba en esa situación. En una ciudad así, lo que uno comía se leía: el jamón era la comida que ni un judío ni un musulmán podían comer, y la berenjena arrastraba fama de plato de moriscos y de judíos.
El Mediterráneo donde sirvió de joven era el frente permanente de la monarquía española, antes de que lo fuera el Atlántico. Entre los años cincuenta y setenta del siglo, las escuadras españolas se pasaban las temporadas persiguiendo corsarios berberiscos, socorriendo plazas en el norte de África y reprimiendo la sublevación de los moriscos de Granada, que empezó en 1568. Ahí sirvió Alcázar bajo Álvaro de Bazán, y de todo eso no salió en su obra ni una sola batalla.
La poesía funcionaba entonces de una manera que ya no existe. En la Sevilla de su tiempo no se publicaba: se escribía para un grupo que se conocía, se leía en voz alta en una academia o en una casa, y circulaba copiada a mano de cuaderno en cuaderno. Fernando de Herrera, su contemporáneo y vecino, fue de los pocos que imprimió, y lo hizo tarde. Dentro de ese sistema había además una escala de valor: lo grave contaba y lo cómico era pasatiempo. Alcázar escribió toda su vida en la parte baja de esa escala, y por eso su obra dependió de que un pintor amigo se tomara el trabajo de copiarla.
Logros
«Tres cosas me tienen preso», uno de los poemas más citados de la poesía española: sostiene en serio, durante nueve estrofas, que no puede decidir si quiere más a su novia, a un jamón o a un plato de berenjenas con queso
La «Cena jocosa», el otro poema por el que se le conoce: una cena contada plato por plato, en la que el que habla se olvida de lo que estaba contando cada vez que llega algo de comer
Fijó en castellano el epigrama festivo, el poema corto que termina en un chiste, aplicando a la mesa y a su propio ridículo las mismas fórmulas de la poesía amorosa culta
Cartas en verso escritas desde Ronda, ya viejo y con gota, enumerando sus achaques con el mismo humor con que había escrito de la bella Inés
Fue tesorero de la Casa de la Moneda de Sevilla y veinticuatro del cabildo desde 1583, cargos de dinero y de gobierno en la ciudad que administraba la plata de América
Su obra existe porque el pintor Francisco Pacheco la copió y le hizo el retrato; de esas copias salió en 1910 la edición de la Real Academia Española que fijó el texto